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Desde “El Balcón del Ayer”

Desde “El Balcón del Ayer”

El Portal de Zacatecas fue uno de los sitios emblemáticos de Ibagué, reconocido por su ambiente único y por ser el gran refugio de los amantes de la música mexicana.

Por Mauricio Arcila

Redactor El Cronista.co

 

Ibagué siempre ha tenido lugares memorables, sitios que despiertan nostalgia en quienes los recuerdan. Hubo épocas en que la rumba ibaguereña no se concentraba en un solo sector, como ocurre hoy con los “antros” de Mirolindo. Incluso se perdió la costumbre de llamar “discotecas” a los espacios de baile, porque ahora saber bailar dejó de ser lo importante.

El centro de la ciudad tuvo vida propia en las noches. En la carrera segunda, entre calles 11 y 12, funcionó una de las discotecas más grandes de Ibagué: Picapiedra. Administrada por la familia Restrepo, fue toda una sensación por sus juegos de luces, en una época de transición entre la clásica bola de cristal y los efectos láser, de los pisos multicolores a las cámaras de humo.

Todavía sobreviven algunos lugares de recuerdo en la calle 15, bajo el Hotel Cacique, donde se refugian quienes disfrutan la nostalgia de las baladas o la llamada “música de plancha”. Pero la verdadera intensidad estaba entre las calles séptima y octava. Allí la oferta era amplia, para quienes querían rememorar el pasado, aunque solo dos imponían el ritmo: La Vieja Enramada, de la familia Caicedo, y El Canal del Tiempo, propiedad del fallecido periodista Edgar Coronado. En la carrera quinta con calle 39, funcionaron varios “rumbeaderos”. Entre ellos destacó Solaris, una discoteca de dos pisos con ambientes distintos y una terraza V.I.P. reservada para los clientes más acaudalados. Sin embargo, la verdadera diversión estaba en la 42 con quinta, considerada la auténtica Zona Rosa de Ibagué, con lugares como La Pantera Rosa, Cristal Palace, Disco Danzing y Tijuana.

Caso aparte fue Rumba Habana, la primera salsoteca de la ciudad. En su pista se escuchaba desde el son cubano de Celina y Reutilio hasta las descargas poderosas de la Sonora Ponceña o el Gran Combo de Puerto Rico, convirtiéndose en un verdadero templo para los amantes de la salsa.

Y siguiendo por la carrera quinta hasta la calle 59 aparecía El Portal de Zacatecas, refugio de la música mexicana clásica. Allí resonaban las canciones de Javier Solís, Antonio Aguilar, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez y Vicente Fernández, ídolos que fueron sensación en su tiempo. Con su fachada de hacienda y el gran letrero iluminado con la imagen del charro gigante, este lugar se convirtió durante años en un sitio de referencia en Ibagué.

Entrar al Portal de Zacatecas era como cruzar la frontera hacia otra época: guitarras que lloraban, voces que dolían y un público que cantaba con el corazón en la mano. Todo eso hasta que, a inicios de los 2000, el lugar pasó a llamarse “La Tienda del Café”.

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Hoy, cuando los espacios para bailar son escasos, especialmente para la generación de adultos contemporáneos, miramos atrás y nos damos cuenta de que vivimos épocas inolvidables. Tal vez igual de conflictivas e inseguras, pero con una certeza que no admite discusión: “de que había mejor música, había mejor música”.

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