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La fiesta que se vivió en Orlando

La fiesta que se vivió en Orlando

Los  nuevos mejores amigos

El partido entre Colombia y Croacia, jugado este jueves 26 de marzo, dejó más enseñanzas fuera de la cancha que dentro de ella. Fue un encuentro que obligó a mirarnos como sociedad, incluso a miles de kilómetros de casa. Éramos más de 40 mil espectadores acompañando a la tricolor en el Camping World Stadium, frente a un rival que muchos consideraban débil, pero que terminó imponiéndose 2-1.

Aquí no se llega al estadio con dos horas de anticipación, como en Colombia. Basta con estar media hora antes. Sin embargo, el reto no es el tiempo, sino el acceso: Orlando es una ciudad hecha para el carro. El transporte público es casi inexistente, y por eso la caravana de vehículos se extiende hasta cinco kilómetros a la redonda. Caminar o alquilar carritos de golf para llegar al estadio se convierte en parte del ritual.

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Nos recibió un arcoíris. Siete colores suspendidos en el cielo que parecían anunciarnos que, pese a la distancia, estábamos en casa. En el ambiente sonaban Diomedes Díaz y el Grupo Niche desde distintos parlantes improvisados. La caminata hacia las graderías se hacía corta entre música, risas y camisetas amarillas. El 99% vestía los colores de la selección; y, seamos honestos, al menos el 95% llevaba una versión “triple A”, de esas que también hacen parte de nuestra idiosincrasia.

Antes de ingresar, el contraste es evidente. No hay pregones de “chuzo, chuzo, chorizo” ni vendedores de gafas baratas. Aquí circulan volantes plastificados con imágenes de jugadores como Lucho Díaz y James Rodríguez, guiando a los compradores hacia carpas organizadas. Se pierde el olor, la “recocha”, pero se mantiene una estética que, de alguna manera, sigue siendo nuestra.

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Ya en las graderías, aparece el colombiano de siempre: el que busca ventaja. Muchos se sientan donde mejor se vea el partido, ignorando la silletería asignada. Los acomodadores hacen su trabajo mientras algunos sacan ese brabucón que llevan dentro… hasta que aparece la seguridad. En el entretiempo, la historia se repite: los “vivos” intentan quedarse con mejores puestos y el orden vuelve a tambalear.

El estadio se llena en cuestión de minutos. La ola recorre las tribunas una y otra vez, al menos cuatro veces, como un lenguaje universal de fiesta. Mientras tanto, el arcoíris se despide tras el segundo gol de Croacia.

Las camisetas también cuentan historias: bufandas del Junior, Santa Fe, Millonarios, Nacional… del Tolima, pocos. Entre desconocidos comenzamos a preguntarnos de dónde venimos, cuánto llevan en Orlando, qué hacen en esta ciudad de oportunidades.

Pero también emerge otra cara. No se sabe si es la adrenalina o la nostalgia, pero algunos sacan ese colombiano que no queremos ver: el que insulta, el que empuja, el que convierte la alegría en conflicto. “Siéntese, pirobo”, “¿qué le pasa, ñero?”, “no me toque, hp”. La tensión crece hasta que llega la seguridad. Una mujer rubia, imponente, intenta calmar los ánimos. Desde otro sector alguien grita: “¡Que me lleve ella, yo me dejo!”. Y, como suele pasar, la tensión se disuelve entre risas.

Tres minutos después, la calma regresa. Pero queda esa sensación incómoda: esa violencia que nos acompaña incluso cuando deberíamos estar celebrando.

Suena el himno nacional y, al unísono, el estadio se convierte en un solo corazón. Afuera, el arcoíris, testigo silencioso, enmarca ese momento donde la distancia desaparece. Adentro, la cerveza circula y los gritos de “¡siéntese!” también hacen parte del espectáculo.

Termina el primer tiempo y ocurre lo inesperado: aquellos dos que casi se van a los golpes ahora se abrazan, se besan, brindan juntos. En quince minutos pasaron de la furia a la hermandad. Así somos: intensidad pura, para bien o para mal.

La segunda mitad transcurre entre olas y pedidos a Néstor Lorenzo para que entre Quintero. Pero la fiesta no depende del marcador. Está en el reencuentro, en compartir con otros colombianos, la mayoría residentes en Orlando, que encuentran en estos partidos una forma de reconectar con su tierra.

Minuto 75: se acaba la venta de cerveza. También las idas al baño. Llega una calma extraña, cargada de esperanza. Pero el empate no llega. Colombia juega un partido discreto. O mejor dicho, para el olvido.

La salida del estadio es otra celebración. Nuevamente, la marea amarilla se toma las calles. Esta vez sí aparece el olor a chorizo y fritanga. Las filas son largas. La música vuelve. Los abrazos se multiplican. Las despedidas se alargan.

Media hora después, el ritual termina. Mañana hay que trabajar. Aquí se paga por hora producida. Pero el grito de gol, ese que llevamos tatuado en el alma, volverá en el próximo partido, cuando Colombia enfrente a Francia en Washington.

Ahí sabremos si estamos para grandes cosas… o si seguimos siendo, como en Orlando, una fiesta que oscila entre la gloria y el caos.

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