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Silverio Gómez y el coronavirus

Silverio Gómez y el coronavirus

“¿Por qué me tocó a mi el coronavirus?”, nunca me le pregunté. Por principio he creído que a las personas nos pasan cosas buenas y malas, sencillamente nos ocurren. Sin privilegios, ni respeto de la condición social y económica y poco importa el poder del que algunos presumen. Tampoco de dónde ni cómo lo adquirí, solo para no mortificarme.

El sacerdote javeriano, Gerardo Remolina, a quien tuve la oportunidad de conocer como profesor en ese claustro, me dijo dos frases en el momento que mostraban en tv las exequias de Don Julio Mario Santo Domingo, uno de los hombres más poderosos de Colombia: “Silverio, aquí nunca se ha quedado nadie ni se ha llevado nada” y “siempre que te levantes, debes decir: “Dios mío, recuérdame que aquí no hay nada mío”.

Pura verdad. Lejos de la casa, con la ilusión y orgullo de servir a Colombia como director de Procolombia y agregado comercial de la embajada, viajé a Madrid en los primeros días de febrero pasado y me posesioné inmediatamente ante la embajadora Carolina Barco. Y de entrada reuniones para promover la inversión, las exportaciones y el turismo, bases estratégicas del plan de Iván Duque, convencido siempre que no hemos aprovechado las posibilidades económicas y comerciales con España, país en el que muchos colombianos han progresado y ha quedado atrás el estigma delincuencial. 

Compatriotas destacados en muchos ámbitos y nombres que les sale con gracia a los españoles: García Márquez, Botero, Carlos Vives, Shakira, James y Falcao, entre otros. 

El primer caso de coronavirus se dio en Madrid en enero 31 y fue creciendo vertiginosamente siguiendo a Italia. Tristemente debí regresar a Colombia a la semana siguiente porque murió Ceci, mi madre de 94 años, y no podía faltar: en los últimos 16 años desayunamos sin falta los domingos con tamal tolimense y ese domingo era la despedida final. A las 72 horas regresé a Madrid, con el alma dolida. 

Desde la primera semana de marzo, el asunto del virus se complicó en particular en la capital española. Y ya se anunciaba la alarma general. El miércoles estábamos en reunión virtual con las oficinas de Procolombia en Europa y el malestar físico era evidente con deseos de vomitar y debilidad general. 

10:00 a.m. del jueves 13 de marzo: ir a urgencias por instrucciones del médico Marco J. Marzola, hijo de un ganadero de Planeta Rica, Córdoba, aparecido del cielo, quien llegó hace 13 años a Madrid, se especializó en la Complutense, se vinculó al hospital Gregorio Marañón y se quedó laborando en el centro médico que tiene una tradición de 400 años.

El diagnóstico de urgencias fue, luego de exámenes de sangre y radiografía: “infección respiratoria por bacteria o virus SARS-CoV-2”. Orden: “Ingreso con traslado 3100 COVID con medida de aislamiento”. Fue sorpresivo y sin mayor tiempo para alistarse. Y lo más cruel, solo y lejos de la casa.

En zona de guerra

No era consciente del asunto en buena parte por lo rápido de los hechos. En la sala de urgencias, el colapso era total pues ya había comenzado la explosión del coronavirus. En una sala para 20-25 personas se albergaban de urgencia 50-55 pacientes con el problema, que no es secreto aún es desconocido y confuso su tratamiento clínico. Informé a mi familia, pero sin mayores datos.

Solo lo había visto en las películas de la segunda guerra mundial, pero muy lejos de ser uno de los protagonistas. Una noche brutal: quejidos, vómito, fiebre y asfixia fueron la constante de los enfermos en esa primera sesión. No supe por qué, pero pensé en Simón Bolívar con su tuberculosis en Santa Marta, con su ahogo y expectoración, contado magistralmente por Víctor Paz Otero. Con excepción de fiebre de 37,5 grados y alguna dificultad para respirar, mi cuadro clínico no era comparable al de otros afectados, aunque emocionalmente muy fuerte y traumático. Y la cruda lección, en vivo y en directo. 

“Doctor, que sigue ahora?, pregunté a un médico de turno. Y la respuesta contundente: “Todo el antibiótico que requiera para atajarle el problema”. Y así fue desde esa misma noche que debí pasarla en una camilla, con el drama humano descrito, pero con condiciones higiénicas muy buenas y un gran trato humano, pero no dudo que hubiera preferido estar en mi tierra. Y de nuevo, informe general a mi señora.

Al día siguiente, 6 a.m. me aislaron en una habitación compartida con un ingeniero. Y en efecto, el tratamiento era muy fuerte: pastillas de tamaño de medio chorizo de coctel, tres al desayuno y tres a la comida, una cápsula adicional no sé para qué, inyecciones en el estómago y chorros de liquido por las arterias, pastillas para bajar la fiebre y respiración asistida, si a mi juicio la requería, especialmente en la noche. La diarrea fue inmediata.

Chema Collazos, el ingeniero compañero, gran lector de Antonio Machado y entretenido personaje. Luego llegó un tercero, Pedro, un religioso mayor, gran persona y con misión evangelizadora. Chema recibía a diario un capítulo de Anatomía sensible, un libro de un autor argentino, (Andrés N.) quien revela con gracia como nos vemos y como nos ven las distintas partes del cuerpo. desde los tobillos hasta los hombros. Nuestro cuerpo hace parte de la batalla. Y amablemente lo compartía. 

Durante la permanencia, nunca vi la cara completa a un médico, enfermera, auxiliar o aseadora. Ingresaban a la habitación con equipo y dotación especiales y cubiertos con mascarilla y lentes especiales y a dos metros de los pacientes, para evitar el contagio por contacto físico. Parecían astronautas, amables todos y yo el “contaminado”. A las ocho de la noche se alegraban con los aplausos y cambio de luces de vehículos en la calle agradeciendo su duro trabajo. Así, 11 días en el Gregorio Marañon, con la rutina diaria extrema de medicamentos y una soledad indescriptible que no suple la tecnología celular.

Este no es publi-reportaje lastimero. ¿Momentos de depresión? Si. ¿Angustia y ansiedad? Si. Y miedo. Uno no sabe donde termina el uno y arranca el otro, especialmente en la noche. Y el insomnio ahí vigilante. Llegué a pensar cómo sería “el túnel” del que hablan cuando uno va a morir. La verdad nunca lo vi y me hice el propósito de quitarlo de la mente.

¿Antídotos? Es muy fácil decirle a alguien en un trance tan duro que ¡ánimo y fuerza!. Mucho mensaje de apoyo religioso y moral de buenos amigos, pero siempre pensé en mi madre quién me dio fuerza y energía. Y también desde hace años he seguido, sin ser practicante, de San José María Escrivá, único santo que conocí personalmente y me impactó su carisma. Lo recordaba antes de acostarme, asimilando a la oración infantil de “Mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. 

Las noticias de la morgue en el Palacio del Hielo de Madrid me impactaban, por razones obvias, pero la cercanía virtual de mi señora que ya alistaba maletas en Bogotá, de la embajadora, de Flavia Santoro y la gente de Procolombia me ayudaron. Dos llamadas del Presidente Duque me sacaron de bajonazos y en otras caídas pensaba en Agustín, mi primer nieto y en mis hijos. ¡Merece la pena resistir!

Caminata figurada 

Miércoles 25 en la mañana, la doctora Gallego me dijo: “Ha permanecido en planta hasta el momento con remisión de la fiebre, clínica y analíticamente estable, con marcado aumento de las consolidaciones neumónicas periféricas bilaterales y dependiente de oxigenoterapia con gasas nasales. Desde hace tres días afebirl, con mejoría paulatina del cuadro, con saturación nasal del 94% y tolerando la deambulación por la habitación por lo que se remite a domicilio”. ¿De acuerdo? “Donde le firmo”. Y sonrió dentro de su traje. Recogida acelerada de mis elementos de aseo y pasos lentos pero con ansiedad hasta la salida del hospital, como creyendo que podrían devolverme. 

Y para la casa por 14 días, aislado, en reposo, habitación separada del resto de familiares, dejando 2,0 mts de distancia con cualquier otra persona y extremo cuidado en el lavado de manos y el aseo..

“Ya se le colocó toda la medicina posible. Ahora el organismo debe responder con sus defensas. Necesita tranquilidad, paciencia y actitud mental”, fue la último que dijeron la doctora Gallego y el médico Marzola. Al día siguiente supe que ella sufrió el virus y entró en cuarentena.

Y en casa, las condiciones de entorno mejoraron con la llegada de mi esposa e hijo, aunque con orden extrema de aislamiento por dos semanas, “pero debe moverse para recuperar masa muscular”, me dijeron. ¿En una habitación de 14 metros? Sí.

No tenía opción. Decidí mentalmente en ese espacio reducido, que podía realizar una caminata ecológica, son subidas, bajadas y obstáculos figurados. Y logré convencerme (o aceptarlo) a mi mismo. Se lo conté a la embajadora Barco y a Flavia que rieron con una dosis de amabilidad especial. No descarto que hayan creído que no estaba mentalmente bien. Y lo hice: 500 cortos pasos desde el segundo día y así gradualmente subí a 2.500 en dos jornadas, mañana y tarde. La comunicación por celular desde mi habitación.

Dormí mejor y la “perseguidora” se ha ido mermando y espero que todo este episodio real y sin reserva, les sirva a muchos colombianos normales. Y un día sea solo una anécdota. La mía o la suya. 

Colombia es un país joven, en el que el 75% de su población tiene menos de 45 años, esto es, más de 37 millones de guerreros. Muy distinto de países como España e Italia donde la población de más de 70 años es muy alta, casi 10 millones de personas en España (20%) y más de 13 millones (23%) en Italia, con una dosis mucho mayor de vulnerabilidad que la nuestra y por eso los fallecidos. Fuentes serias señalan que casi el 60% de los españoles con 65 años o más padece al menos una enfermedad crónica, y más de uno de cada cinco sufre alguna limitación que le impide desarrollar correctamente su vida diaria. Y la cabeza de Colombia está alguien que ha generado credibilidad y confianza y con toda la energía. 

¿Y el gran Estados Unidos? Rico pero disperso y con una población que marca casi 75 millones de personas por encima de 65 años. Por eso, además de la ruralidad, el impacto del virus será tan grande y le pegará tan duro a todos, incluyendo a nuestros países. Y eso produce escalofrío.

Estoy convencido que después de este episocio de vida, uno no puede ser la misma persona. Es una marca indeleble. Un sello que reordenará las prioridades vitales, dejando atrás muchas pasiones y actitudes. Volver a lo simple y disfrutar de las pequeñas cosas, comenzando con la relación con los demás y poniendo por encima valores como la famila, la amistad sincera y la solidaridad. Y así ocurrirá en la vida individual de todos, afectados o no. 

Tambien creo que la sociedad tampoco será la misma, haciendo cambios en su estructura como ha pasado antes, por ejemplo después de la Segunda Guerra Mundial. Y esa sociedad renovada por obligación pondrá nuevas reglas, incluyendo las económicas. No al contrario como creen algunos tecnócratas que ponen asuntos como la llamada “regla fiscal” o la calificación de la deuda como inamovibles. Ya Europa las echó para abajo. ¿Volverá el Estado a asumir la atención de la salud y la educación ante las dudas del modelo privado? ¿Qué pasará con el liderazgo político? ¿Las ideas religiosas ganarán espacio? ¿Estados Unidos acelerará su pérdida de hegemonía y pedirá ayuda como cualquiera país atrasado? Todo está por verse.

Por ahora, tengo personlmente la oportunidad de presenciar algunos de esos cambios, gracias a Dios, al grupo equipo humano del Gregorio Marañón de Madrid, a la inspiración de de mi familia y a la fuerza de mis amigos. Pero triste porque no se puede ser ajeno a una realidad que pinta dramática e incierta.


**Silverio Gómez Carmona - Consejero Comercial y director de Procolombia para España, Italia y Portugal 
Para EL TIEMPO* 

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