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Un hombre de la calle

Un hombre de la calle

por Nikool Plazas


Miguel y yo caminábamos por la calle que él transita a diario. Dice que la calle es su amiga, que es la que le da trabajo, comida y hasta la droga que consume. Es la que lo acompaña y lo consiente, pero también, la que sin ningún remordimiento lo traiciona. Lo aleja de su familia. Lo perjudica, lo deteriora. La calle es asesina. Es incierta. Es desleal. Es traidora. Pero es lo único que tiene.

Miguel es astuto e inteligente. Estoy segura de que, si no fuera por su cabello desarreglado, su rostro deteriorado y su ropa sucia, no se distinguiría que es habitante de calle. Su manera de expresarse, la seguridad con la que habla, y el respeto con el que se dirige a mí, me hace pensar que es diferente. Vive en este inseguro mundo de pobreza y drogadicción, pero no proviene de ahí.

Miguel lleva mucho más de 15 años viviendo en la calle, pero Miguelito no es un loco, él no delira, ni ha perdido la noción del tiempo. Por el contrario, es consciente de todo a su alrededor, intenta estar informado. No es peligroso, no es agresivo, ni sobrepasado. Es solo un ser humano, que al hablar mira mis ojos y contesta las preguntas que le hago sin querer nada a cambio. Solo deseaba ayudarme y tal vez encontrar alguien con quien dialogar.

Al preguntarle por sus hijos le duele. No son los mismos niños que él dejó alguna vez. Ahora están más grandes y ya no lo llaman papá. Hablan de forma eventual, cuando él les marca por teléfono, pero lo único que siente es rechazo. Desde el orgullo, Miguel me advierte que al buscarlos no quiere nada de ellos. Ni dinero, ni ayuda. Solo desea conocer cómo están. Sin embargo, es su culpa y lo reconoce. Nunca estuvo cuando ellos lo necesitaron.

El largo tiempo que lleva siendo habitante de calle, le ha hecho aprender cómo sobrevivir en ella. Su sobrenombre es el Rolo. Solo su familia lo llama Miguelito o Miguel. Ellos y algunos llegan a ganarse su confianza.

El “Rolo” es un apodo como cualquier otro, cuántos Rolos no existirán en Ibagué. Eso hace que a uno no lo identifiquen rápido, si llega a pasar algo.

Y así como su seudónimo lo indica, nació en Bogotá. Huyendo de la muerte llegó a Ibagué, la ciudad de su infancia, a la que iba una o dos veces al año junto a sus padres y su hermana. Su corazón recuerda esos momentos, que sabían a felicidad. La calma, la placidez, la diversión. La vida de niño...

En mis trabajos en Postobón, tuve una mujer y con ella tengo dos hijos, ahora mismo la china tiene 19 años y el chino de 18. Solo estuve con ellos cuando eran pequeños —dijo él—. En mi vida, no lo niego, cometí errores, que me obligaron a dejarlos. El consumo de drogas y el querer conseguir plata me llevó a ser traficante.

Su primer acercamiento a este mundo fue siendo muy joven, como consumidor. Hacía los primeros semestres de Derecho en la Universidad Nacional, cuando probó la marihuana. Fue un vicio que desde entonces no ha podido dejar. Lo envolvió, lo engañó, lo hizo dejar su vida, su esposa y sus hijos, para desaparecer.

Querían asesinarlo. Llegaron a buscarlo a su casa por un lío de dinero de drogas. Lo único que tenía en el bolsillo eran treinta mil pesos, el miedo corriendo por su cuerpo, la necesidad de huir y la adrenalina en sus venas. Fue entonces cuando salió por el techo y corrió sin parar. Después tomó una flota. Las ganas de consumir lo hicieron parar en Girardot, no recuerda por cuánto tiempo. Solo sabe que llegó a Ibagué. Desde entonces no se ha ido a otro lugar y está seguro de que no lo hará.

Esta ciudad no la cambio por nada —lo dice riéndose—. Su calor, la amabilidad de la gente, lo barata que es. De aquí no me voy. Aquí tengo la posibilidad de trabajar.

Miguel cuida las motos y los carros que parquean en una farmacia. Lleva cerca de un año haciéndolo. Ya se apropió del lugar y nadie en la calle se atreve a hacerse ahí. En los momentos en que no está, deja un “pupilo” como él lo llama, pero a cambio le deben dar una cuota de 10 mil pesos. Esto me lo cuenta riéndose. Afirma que de negocios aprendió cuando era adulto y trabajaba en Bogotá en Postobón.

¡Usted me viera! ¡En un tiempo fui jefe de veinticinco mujeres! ¡cuatro hombres! ¡y un conductor privado! —se quedó por unos segundos en silencio y luego me dijo— Yo debería tener plata…

Miguel lleva tres semanas durmiendo en la calle, sobre un andén que visitamos. Tenía pequeñas baldosas rojas y un tejado muy grande. Es un lugar que funciona hasta las once de la noche como bar. Después, es la oportunidad de Miguel de descansar, de refugiarse y de protegerse de las fuertes lluvias.

Ahora, trabaja solo para su dosis diaria. La motivación de mantenerse arreglado, limpio y equilibrado, ya no es la misma. Deja ir oportunidades de ganarse una moneda, un billete, un gracias. Acepta que ya no es atento con las personas que están sacando sus vehículos. Se siente decepcionado.

Hace un tiempo, recolectaba sus primeros 12 mil pesos para pasar la noche en una habitación que no mediría más de tres metros de ancho y dos de largo, con una cama, sábanas y un colchón, más o menos aceptables. Después de tener ese dinero, seguía trabajando para guardar lo de su dosis y para comer.

Un día, al llegar a la que había sido su habitación durante cerca de siete meses, se encontró con que lo habían robado. Se llevaron todo. Su ropa. Sus tenis. Sus elementos de aseo. Las cosas que más tienen valor cuando se vive en la calle. Entonces decidió dejar el sitio y empezar a dormir en los andenes.

En esos hoteles se quedan vendedores ambulantes, prostitutas, limpiavidrios, habitantes de calle y muchos que dedican su vida a delinquir. Aquellas personas que mejor aspecto físico tienen, los organizan en un sector determinado de habitaciones. Apartados de algunos otros que llegan con un aspecto sucio y desagradable. Nadie quiere convivir con ellos. Lo hacen por miedo, por asco o por prevención. Sin embargo, para ninguno deja de ser peligroso.

En la calle, aprendí un dicho: tu mejor amigo puede ser tu peor amigo. Te ganas una puñalada por no hacer lo que el otro quiere. Por no servirle de campanero. Porque se acostumbran a que siempre les das una moneda, le prestas una mechera o un fósforo, y ese día no pudiste. Entonces se enoja, te busca problema, te da una puntada, te mata.

Es por eso es que las personas que se quedan en estos hoteles, prefieren vivir cada uno por su lado. La ropa que se lava y se extiende en las cuerdas, son vigiladas por sus propietarios. A las puertas se les debe poner un candado, si se va a dejar algo dentro. Pues aún ahí, nadie respeta lo de nadie. Muchos están atentos a qué se pueden llevar gratis.

Una de las vidas de nosotros en la calle es que no nos sentimos culpables de nadie —afirmó.

Estando alcoholizados, sobrios o drogados pelean por un cigarro. Llegan a matarse entre sí, por no compartir una dosis, una gorra, una moneda…

La capital del Tolima según el censo del DANE, es la cuarta ciudad con mayor número de habitantes de calle del país, con una cifra de 523 individuos. Los grupos de edad que presentan más personas en esta situación son los comprendidos entre 25 y 39 años.

Desde los ojos de Miguel, la panorámica es similar. Para él, el número de habitantes de calle en los últimos años ha venido en aumento, pero se atreve a decir que el promedio se encuentra entre los 18 a 30 años.

Personas como yo, de 40, 50 o 60 años; ya no se ven casi, son más bien los jóvenes. Uno los ve caminando, muy llevados. A mí me da tristeza. Hasta niños ve uno por ahí —dice mientras cruza la calle—, es que aquí, la droga es más barata. Se encuentra de todo desde mil o dos mil pesos. El habitante de calle se amaña en esta ciudad.

Miguel hace una semana había visto en una plaza de la ciudad, una niña de 14 o 15 años, con dos hombres habitantes de calle. Drogada, desarreglada y acostada entre ellos. Según él, la utilizan, la tocan y le hacen cualquier actividad sexual que les pase por la cabeza. Ella está drogada, y se mantendrá así para aguantar todo lo que le hacen. Ya lleva días así. El CAI está cerca. Nadie denuncia. Nadie los llama. Ellos no llegan. Y Miguel asegura que sí la ven, no actúan. La sociedad normalizó a los habitantes de calle, como ella. Entonces la ignoran.

En Ibagué hay muchos habitantes de calle menores de cuarenta años que se pueden recuperar. Que aún pueden trabajar, y hacer actividades, pero si el alcalde no trabaja con ellos, no se interesa por ellos, entonces no vale. Eso hace que aumente la delincuencia y el tráfico de drogas.

Seguíamos caminando por la calle, cuando de repente llegó la lluvia. Tuvimos que escampar en un andén, que mientras no llovió duro, nos protegió. De un momento para otro, llegó el fuerte aguacero. Ya nos estábamos mojando los zapatos. Él estaba comiendo una lasaña, que le había ofrecido. Nunca quiso parar de hablar. Seguía muy interesado en responder mis preguntas. El viento cada vez se hacía más fuerte. El frío corría por todo mi cuerpo. Llovía con viento. Mi pantalón escurría agua.

Después de unos 20 minutos, la fuerte lluvia cesa, pero sigue lloviznando. Entonces aproveché y lo invité a tomarnos un tinto. Lo hice para terminar la entrevista en un lugar más cómodo o para que él pudiera comer algo más, pero tal vez por mí. Mi cuerpo necesitaba calentarse. Las manos no las sentía de tanto frío. De camino a la panadería, yo caminaba rápido, casi quería correr. Él no. Él lo hacía sin afán, como si no le importara. Como si las gotas de aguas conocieran su cuerpo.

Caminábamos sin hablar. Me imaginaba llegar a mí casa, quitarme los zapatos mojados, escurrir el agua de mis medías, sobre todo quitarme el pantalón y secarme el cabello.

Tu estarás pensando el momento en que llegues a la casa y puedas ponerte ropa seca y arroparte. Yo no tengo como. Yo no puedo hacer eso, mi casa es esta. Las calles por las que caminamos toda la tarde.

En ese instante sonaron los truenos y yo en verdad no encontré que decirle.

Me confesó que esa misma tarde del sábado, iba a volver a dormir en una habitación después de tanto tiempo. Se quería asear y proteger de tanto invierno. Su objetivo para entonces, era dejar de dormir en la calle, y seguir consumiendo.

Ya nos despedíamos cuando se me ocurrió preguntarle, cómo se veía en su vejez. Sin dudarlo me dijo que no quería vivir más de cincuenta años, aunque prefiere no pensar en eso. Ya solo le faltan cuatro. Él no imagina su futuro.

Espero algún día responderte mejor esa pregunta —me sonrió—, pero tampoco sería capaz de atentar contra mi vida.

Luego, como si le causara gracia, reconoció que lo hacía a diario. Es un suicido a largo plazo. La drogadicción asesina y es la única razón por la que muchos aguantan la vida en la calle. Al final, la adicción puede con todo, se vive en otro mundo. ¡Él solo no quiere vivir mucho tiempo!

Y así fue como nos despedimos, le agradecí. Mientras el sol dejado por la lluvia, caía en nuestro rostro, se alejó. Yo deseaba que ojalá empezara de nuevo, como me dijo que haría, en un nuevo hotel.

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