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¿Es Ibagué hoy una ciudad bonita?

¿Es Ibagué hoy una ciudad bonita?

Por Henry Rengifo Hernández



Tocar el estado físico actual de Ibagué sin caer en la queja por la queja, sino más bien conectándonos con el desarrollo, la competitividad y la dignidad urbana, considero que es pertinente y además urgente. Es evidente que la estética urbana se convierte en una herramienta de desarrollo económico, seguridad y orgullo cívico.

Por su tamaño y geografía, Ibagué podría prestarse perfectamente para ser una ‘tacita de cristal’. No obstante, la realidad es otra. Ciertamente, aunque nos resistamos a admitirlo, nos cuesta tener una ciudad envolvente y atractiva a los ojos de quienes la visitan. Para comprobarlo, basta con concentrarnos hoy en el corazón de la ciudad, lo que comúnmente denominamos como ‘el centro’.

En principio, digamos que siempre nos hemos preciado de que la capital del Tolima es atrayente, encantadora y dueña de un atractivo natural que cautiva. Sin embargo, al recorrer sus calles persiste una incómoda sensación: le falta mucho para parecerse a otras ciudades del país donde los espacios públicos siempre lucen bien cuidados, los separadores ornamentales son especialmente llamativos, y el orden y el estilo dictan la pauta urbana.

Para decirnos mentiras, sobra tiempo. En la actualidad, el centro de Ibagué luce en un estado de abandono absoluto. Cuadras a la redonda carecen de andenes transitables y seguros; los parques dan grima. La emblemática Plaza de Bolívar, por ejemplo, reclama con urgencia una remodelación general. Está lejos de ser ese punto obligado de encuentro para la contemplación y el sosiego que ha sido siempre; por el contrario, se ha convertido en un lugar de alboroto, donde el parque infantil que le añadieron, en una decisión tan absurda como ajena al respeto patrimonial, ha contribuido a su deterioro.

A este triste panorama se suma el oportuno reclamo que hace apenas unos días planteó Humberto Leyton sobre el enfado ciudadano que ha causado el desacertado color de pintura aplicado a la fachada de la Curia Arzobispal. Era lo que faltaba en el sector para que todo se vea aún más decadente.

Si mencionamos el Parque Murillo Toro, el panorama es igualmente desalentador. Este espacio de profundo arraigo histórico no levanta cabeza: feo, descuidado y sin gracia. Unas cuadras más abajo, la Plazoleta Darío Echandía se erige como otro monumento a la desidia institucional y gremial. Qué decir del deprimente paisaje que ofrecen la carrera Tercera y la calle 15 en su trayecto desde la primera hasta la quinta; o más abajo, en la calle 19, desde la Terminal de Transportes hasta la avenida Guabinal, donde el descuido en los separadores es general. O el Parque Andrés López de Galarza que, pareciera ha quedó postrado para la eternidad en la dejadez. Todo lo anterior sin aludir al crónico paisaje de zanjas que dejan abiertas lo s operarios del IBAL, reflejo de una coordinación inexistente con la Secretaría de Infraestructura. Y hablamos únicamente del centro de la ciudad.

Desde luego, resulta plausible que la actual administración municipal insista en posicionar el eslogan de que ‘Ibagué es una nota’. Sin embargo, esa consigna pierde todo sustento cuando se contrasta con la dura realidad que encuentran los visitantes en aquellos sitios que deberían lucir impecables.

Liderar una cruzada frontal de recuperación del centro de Ibagué en este último tramo de su gobierno, sería una decisión que los ibaguereños le valorarían a la alcaldesa Jhoana Aranda. Instituciones como la Cámara de Comercio y Fenalco serían determinantes para coadyuvar en una misión de esta naturaleza.

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