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Darío Echandía, el apóstol de la paz
Por Hernando A. Hernández Quintero*
El 13 de octubre se cumple un aniversario más del nacimiento del Maestro Darío Echandía, de quien se sabe vio la primera luz en el ´Chaparral de los Grandes’ en 1897.
Fue abogado, Juez en Ambalema y Bogotá, Magistrado del Tribunal Superior de Ibagué y de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia, Gerente del Banco Agrícola Hipotecario, Concejal de Armenia, Diputado de la Asamblea del Tolima y de Caldas, Congresista, Ministro de Gobierno, Educación, Relaciones Exteriores y Justicia, Embajador, tres veces encargado de la Presidencia de la República, primer designado, profesor universitario y una de las audacias menores de cuarenta años que el Presidente Alfonso López Pumarejo escogió para adelantar la “Revolución en Marcha”, programa que realizó la reforma constitucional de 1936 y colocó al país a tono con los vientos renovadores que impulsaron desde Europa la intervención del Estado en la economía y la función social de la propiedad, entre otros significativos avances sociales.
El país ha reconocido en Echandía un referente ético, por su entrega al servicio público con honradez y lealtad, alejado de cualquier ambición personal que lo apartara del compromiso con su pueblo y los altos propósitos del Estado. Hoy quiero referirme, en forma breve, a la contribución del Maestro en el propósito de alcanzar la esquiva paz en Colombia.
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El 9 de abril de 1948, cuando el país se conmocionó por el magnicidio del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y el pueblo enardecido se lanzó a la calle para protestar, saquear y destruir todo lo que encontrará a su paso, Darío Echandía, desafiando todos los peligros de la situación, acudió a Palacio en compañía de los doctores Luis Cano, Carlos Lleras Restrepo, Plinio Mendoza Neira y Alfredo Araujo, para buscar un entendimiento con el presidente Mariano Ospina Pérez y evitar un mayor derramamiento de sangre. En esa ocasión, según la versión autorizada de Abelardo Forero Benavides, don Luis Cano le dijo al presidente:
“Tan solo existe en el país un prestigio ante las masas que sea capaz de volverlas al orden, encausarlas y dirigirlas, evitando una matanza cruel. Y ese prestigio es el del doctor Darío Echandía. Queremos estudiar con el presidente la manera de utilizarlo en servicio de la Nación”. (Forero, 2025, pp. 84 y 85).
Con este patriótico gesto se logró que se designara por el ejecutivo un Gabinete de Unión integrado por liberales y conservadores, encabezado por el propio Echandía como ministro de Gobierno y que por un buen período disminuyó la intensidad de la confrontación fratricida en nuestra patria.
Desafortunadamente en 1949 Echandía y los demás ministros liberales debieron renunciar cuando el Gobierno se abstuvo de imponer las sanciones que se reclamaban contra el coronel Gustavo Rojas Pinilla, entonces jefe de la Guarnición de Cali y quien, anticipando lo que sería su dictatorial gobierno, arrebató el micrófono a un líder liberal que pronunciaba un discurso en una manifestación en el Valle del Cauca.
El 17 de diciembre de 1949 cuando el Maestro se dirigía con un grupo de personas hacia el centro de la ciudad fue asesinado su hermano Vicente, ajeno a la actividad política, al parecer por confundirlo con el ilustre patricio liberal. Coincidió su sepelio con la elección de Laureano Gómez como presidente de la República. Ni este abrumador suceso impidió que Echandía continuara en su obstinado propósito de buscar la paz.
Así, cuando el doctor Alberto Lleras Camargo es elegido para gobernar a Colombia en el primer período del frente nacional, designa al Maestro como Gobernador del Tolima, territorio entonces azotado por la más absurda violencia partidista. El ilustre patricio, que ya había desempeñado las más altas dignidades en el Estado, aceptó sin reticencias el cargo y expresó con entusiasmo:
“Lo he aceptado porque tan grave encargo me ofrece una ocasión incomparable de aplicar, en las postrimerías de una larga actividad pública los supremos esfuerzos de mi mente y mi voluntad al grande empeño de recuperación del pueblo tolimense al que debo todo: la sangre y el espíritu”.
En cumplimiento de la tarea central que el Gobierno Nacional le había entregado de buscar la pacificación de la región, el doctor Echandía estuvo presente en muchas zonas afectadas por la violencia dialogando con los jefes guerrilleros. En una ocasión, luego de una larga reunión entre alzados en armas y funcionarios estatales en el municipio de planadas, manifestó el Maestro con gran emoción la frase que se recuerda con frecuencia por los colombianos: “Ya casi se puede lograr mi aspiración que he hecho pública de que los tolimenses podamos pescar de noche”.
Reconocimiento sincero entonces para quien nos dio ejemplo de rectitud y probidad en los asuntos del Estado y dedicó buena parte de su existencia en búsqueda de la paz entre los conciudadanos, tarea que debemos continuar sin descanso.
*Profesor universitario. Miembro de la Academia Argentina de Ciencias Penales. Experto en Derecho Penal en Delitos Económicos y Financieros. Investigador Emérito.
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