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Una noche en Honda para pensar el país
Con la presencia del Premio Nobel de Economía James A. Robinson, el municipio de Honda fue escenario de un trascendental foro denominado ‘Encuentro en Honda para hablar del Problema Territorial.’
Por: Jaime Eduardo Reyes
*Director Centro de Pensamiento Eduardo Aldana Valdés
Honda, a las seis p.m., entre el calor que despide la tarde y la brisa que llega del río, caminaban tranquilamente personas que de lejos se notaba eran visitantes. Su destino, asistir al ‘Encuentro en Honda para hablar del Problema Territorial.’
El Magdalena corría lento, espeso, como si él quisiera escuchar lo que esa noche se iba a decir sobre los territorios en Colombia. No era una noche cualquiera. El edificio en donde nos íbamos a encontrar está lleno de historias sin contar, El Teatro La Unión, una joya arquitectónica que se está restaurando.
En una ciudad que quiere recuperar su importancia histórica y cultural, se reunieron actores que llegaban desde distintos lugares, con diferentes miradas de un mismo problema: un país que no ha sabido construir su futuro desde sus territorios.
Yo llegué motivado por el conferencista principal, el Premio Nobel de Economía James A. Robinson. Desde hace años he seguido su obra especialmente en sus libros “Por qué fracasan los países” y “El pasillo estrecho” escritas con su colega Daron Acemoglu. En su intervención, el ex alto consejero de paz Sergio Jaramillo nos recomendó el ensayo “La miseria en Colombia”.
El encuentro fue organizado por El Espectador y la Fundación Acordemos. No era un mitin político ni un foro técnico. Era, en apariencia, una conversación. Pero en realidad fue algo más: un espejo incómodo para un país que suele mirarse solo desde el centro.
Honda no fue elegida por azar. Durante siglos fue puerta de entrada al interior, punto de encuentro de caminos, de ríos y de poder. Se nos recordó que fue la cuna del presidente Alfonso López Pumarejo. Hoy es una ciudad que conserva su belleza, pero también sus cicatrices. Tal vez por eso resultó el escenario perfecto para hablar de paz, de seguridad y de territorio.
Los conferencistas invitados eran varios, sin embargo, solamente escribiré de lo dicho por la gobernadora del Tolima Adriana Magaly Matiz y por supuesto lo expresado por Robinson.
Después de las intervenciones de Fidel Cano y Sergio Jaramillo, tomó la palabra la Gobernadora del Tolima. No empezó con cifras ni con consignas. Empezó hablando de Honda, de su simbolismo, de su condición de ciudad de los puentes. Escuchándola pensé que Honda ha sido una ciudad puente. Puente entre Bogotá y el norte del país, entre el Tolima y Caldas. Entre lo rural y lo urbano.
Y desde el escenario lanzó la primera idea fuerte de la noche: “Colombia se ha construido desde los territorios, aunque en las últimas décadas parece haberse olvidado”. La fuerza centrista de Bogotá nos ha hecho creer que ha sido desde allá. Y nuestra verdad es que ha sido la resiliencia de lo local, de los territorios, lo que ha construido el país.
Su discurso avanzó sin estridencias, pero con una tesis clara. El territorio no es una división administrativa. Es donde se nace, se trabaja, se lucha y se sueña. Y cuando el Estado mira de lejos a esos territorios, lo que aparece no es solo pobreza: aparece violencia y desigualdad.
Habló del abandono histórico, de la mirada centralista que reduce a las regiones a proveedoras de alimentos o destinos turísticos. Habló de cómo ese abandono abre espacios para economías ilegales, grupos armados y falsos liderazgos. Y en ese punto lanzó una frase que recorrió la sala con fuerza: “Con seguridad todo, sin seguridad nada”. Muchos entendimos el mensaje, su lucha, hacer de la seguridad un valor democrático.
No era una consigna vacía. Era una advertencia política. Sin seguridad no hay paz. Sin paz no hay democracia. Y sin democracia, ningún proceso electoral es legítimo.
Luego habló del Tolima. De su crecimiento, de su turismo, de su vocación agroindustrial. Y finalmente de Planadas. De cómo un municipio que fue cuna de la violencia logró, con enorme dificultad, pero con esperanza, transitar hacia el desarrollo cafetero. No como milagro, sino como resultado de presencia estatal, trabajo comunitario y reglas claras. Ya son más de dos décadas de un esfuerzo colectivo de diferentes gobiernos que ha logrado resultados y que debemos cuidar todos los tolimenses.
La paz, dijo, no es romántica, es frágil. Y siempre está en riesgo. Nada más cierto, la historia de la humanidad y las actuales guerras nos muestra que es así.
Cuando terminó, el auditorio se quedó en silencio unos segundos, por emoción y por reconocimiento. Lo que se había dicho ahí no era nuevo, pero rara vez se decía con tanta claridad desde un cargo público. Tal vez esta claridad ha llevado a la Gobernadora a tener el reconocimiento que hoy la acompaña.
Adriana Magaly cerró con una frase que resumió toda la noche: no hay problema territorial, hay un problema generado desde lo central. En su intervención el alcalde de Honda Juan Enrique Rondón validó la mirada territorial.
Luego vino James A. Robinson. Conmigo estaba mi colega Carlos Alberto y mi hija que estudia economía. En Bogotá ya había escuchado a Acemoglu y ahora escucharía a Robinson en Honda, la ciudad en donde vivió mi abuela Claudina y en donde nacieron y viven mis primos Álvarez Reyes. Sentí cierta emoción, un poco difícil de describir. No puedo negar, cierta emoción orgullosamente provinciana.
Robinson no llegó con solemnidad. Llegó con la calma de quien lleva años pensando el mismo problema. Lo más interesante no fue el título de su charla ¿Cómo resolver el problema territorial?, sino su punto de partida.
No habló de modelos abstractos. Habló de instituciones. De reglas que existen, pero no se cumplen. De un país donde violar la ley no tiene consecuencias. Donde el clientelismo no avergüenza. Donde la evasión fiscal se normaliza. Y donde, por eso mismo, la desigualdad se reproduce generación tras generación.
Su tesis fue simple y demoledora: “Colombia no es pobre por falta de recursos, sino por mala calidad institucional”.
Dijo algo que ha repetido muchas veces, pero que esa noche sonó distinto: no hay ninguna razón estructural para que Colombia sea un país atrasado. Tiene capital humano, recursos naturales, ubicación estratégica. Pero tiene instituciones extractivas, diseñadas para beneficiar a pocos y excluir a muchos.
Y entonces ocurrió algo interesante.
Sin haberse puesto de acuerdo, Robinson y la Gobernadora estaban diciendo lo mismo desde lenguajes distintos. Ella hablaba de centralismo, abandono y territorio. Él hablaba de instituciones, reglas y poder. Pero ambos describían la misma enfermedad.
Cuando Robinson habló de cómo los problemas del país no son abstractos, sino territoriales, la sala entendió que esa frase no era académica. Era literal. Los problemas nacen en municipios sin jueces, sin carreteras, sin escuelas, sin policía. Nacen donde el Estado no llega o llega tarde.
Pensé que en nuestro país se ven buenas intenciones, pero poca claridad estratégica. Nuestra institucionalidad es débil, aunque resiste los embates del populismo, muchas reformas se quedan en el papel, por no decir que todas. Me acordé de algo que le digo a mis alumnos, sin crecimiento económico no hay reducción durable de la pobreza. Y que sin reglas estables, no hay inversión ni empleo.
No atacó a nadie. Pero tampoco elogió a nadie. La sensación que quedó al final no fue de pesimismo, sino de urgencia.
Porque si algo quedó claro esa noche es que Colombia no está condenada al fracaso. Pero tampoco está cerca de resolver sus problemas si sigue creyendo que todo se decide desde Bogotá.
Cuando el evento terminó, la gente salió lentamente. No había aplausos largos ni euforia. Había conversaciones en voz baja. Comentarios breves. Gestos pensativos.
Afuera, el calor seguía intacto. El río seguía bajando.
Y yo entendía, caminando por las calles de Honda, que esa noche había pasado algo poco frecuente en la política colombiana: se había hablado del país sin slogans, sin promesas imposibles y sin enemigos imaginarios. Y sin políticos, estaban en campaña y tal vez no veían importante escuchar las voces del territorio.
Se había hablado de instituciones, de territorio y de reglas. Tal vez por eso la lección más importante no la dijo ningún orador, sino el propio escenario. Porque Honda, con su historia de auge y decadencia, de esplendor y abandono, es la mejor metáfora de Colombia.
Un país que fue puente entre las Américas y hoy no tiene claro hacia dónde ir.
Un país que ha tenido oportunidades y las ha desperdiciado.
Un país que todavía puede cambiar, si decide hacerlo desde donde realmente importa.
Desde sus territorios. Desde sus instituciones. Desde su capacidad de cumplir la ley.
Y desde una verdad incómoda que esa noche quedó flotando en el aire caliente del Magdalena: el futuro de Colombia no se juega en los discursos, sino en la calidad de su Estado y en la fortaleza de sus regiones. Todo lo demás es retórica. La paz se construye desde el territorio.
El mensaje final es simple y potente: no habrá paz duradera sin paz territorial. No habrá seguridad sin desarrollo local. No habrá democracia fuerte sin regiones fuertes. Y no habrá país posible si seguimos creyendo que los problemas se resuelven desde un escritorio lejano.
En tiempos de campañas, esta es una discusión que no puede quedar en un auditorio. Debe llegar al Congreso, a los programas de gobierno y a quienes aspiran a dirigir Colombia. Porque, al final, la verdadera agenda nacional no está en el centro: está en los territorios.
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