Opinión
LA OPOSICIÓN
Por: Adriana Aviles
Antes que todo, dejémoslo claro: la oposición es necesaria. En una democracia, quien gobierna debe ser vigilado, cuestionado y, cuando corresponda, controvertido. Una oposición seria fortalece las instituciones porque obliga a explicar las decisiones, a corregir los errores y a rendir cuentas.
El problema aparece cuando la oposición deja de estar sustentada en argumentos y comienza a depender de los algoritmos, y cuando cada decisión pública se convierte en un video. Cuando cada declaración se convierte en una oportunidad para generar polémica, y cada dificultad del territorio, en una pieza de contenido, todo esto a manera de crítica para sumar seguidores, sin proponer soluciones de fondo.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿estamos frente a una oposición política, técnica y responsable, o frente a una nueva forma de hacer política basada en el afán de protagonismo digital? Porque una cosa es ejercer control político y otra muy distinta es construir una carrera política a punta de señalar a todas partes.
El Tolima necesita oposición. Pero necesita una oposición que conozca el territorio. Una oposición real que camine sus veredas y converse con las comunidades sobre temas relevantes para construir, no para exhibir en sus redes un reel o una foto. Es sano para la democracia contar con una oposición real que conozca los problemas del territorio, que estudie expedientes y lea y analice los informes y revise los indicadores sin tergiversar con la única intención de aumentar "likes", pero sobre todo, que conozca de legislación y que como oposición responsable, proponga alternativas ajustadas a la realidad, especialmente y en nuestro panorama regional, cuando se habla de ambiente.
Y es que el ambientalismo no puede convertirse simplemente en una etiqueta política. Defender el ambiente exige mucho más que una cámara de celular, un micrófono o una publicación viral. Ser ambientalista exige conocimiento, presencia en el territorio, acompañar a las comunidades y entender que detrás de una quebrada, un bosque, una montaña o un proyecto productivo hay personas, ecosistemas, necesidades y conflictos que no caben en un video de treinta segundos.
Una publicación no reemplaza un estudio técnico. Un video no reemplaza el trabajo territorial. Y un seguidor no reemplaza una comunidad organizada.
También resulta preocupante cuando quienes durante años han tenido una presencia prácticamente inexistente en el trabajo comunitario y ahora aparecen de repente convertidos en grandes protagonistas de las discusiones públicas, no necesariamente para aportar soluciones, sino para capitalizar cada controversia.
Las redes sociales son una herramienta extraordinaria para democratizar la conversación pública. Pero también pueden convertirse en un escenario donde el ruido termina teniendo más valor que el argumento.
Y ahí está uno de los grandes desafíos de nuestra democracia contemporánea: diferenciar la crítica del espectáculo.
Y vuelvo y lo dejo claro: criticar a una alcaldía, a la Gobernación, a Cortolima, pedirles explicaciones, exigir resultados, e incluso pedir la renuncia de un funcionario es un acto legítimo cuando hay argumentos válidos para reclamar, porque eso hace parte del debate democrático.
Lo que no debemos perder es la responsabilidad de sustentar aquello que afirmamos, porque gobernar es difícil, pero también lo es ejercer oposición responsablemente. La oposición verdadera no consiste en esperar que el otro se equivoque para generar contenido y ganar seguidores en redes. Consiste en estudiar, investigar, conocer y proponer antes de prender la cámara y lanzar acusaciones vacías.
Hay otra forma de oposición que también se ha enquistado en nuestra sociedad: la de quienes parecen sentirse propietarios de determinados temas. Como si hablar de ambiente, de mujeres, de juventud, de territorio o de derechos sociales les otorgara una especie de propiedad intelectual sobre esos asuntos y ellos pasarán a ser los ungidos o líderes supremos de causas que terminan siendo su caballito de batalla en procesos electorales.
Pero se les olvida algo muy importante: que las causas no tienen dueño. El ambiente, la defensa de las mujeres, de los animales, de las comunidades, y la defensa de nuestro territorio deben ser causas de todos. Quien realmente trabaja por algo no necesita impedir que otros hablen de ello. Al contrario: debería alegrarse de que cada vez más personas quieran defender los intereses colectivos.
Por eso, más que una oposición en la que predominan el ego y el resentimiento sobre la crítica constructiva, el departamento necesita una oposición de ideas, necesitamos más debate y menos descalificación, más trabajo en el territorio y menos show en pantalla; más análisis y menos amarillismo, más propuestas y menos ataques llenos de violencia, porque al final, la política no debería medirse por cuántos enemigos somos capaces de señalar, ni por cuántas reproducciones conseguimos. Debería medirse por cuánto somos capaces de transformar.
Hacer oposición no debería ser trabajar para que el otro fracase. Debería ser trabajar para que el Tolima se equivoque menos. Y quizá esa sea la diferencia entre hacer política y ser un simple creador de contenido político.
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