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“Portero de sinvergüenzas”

“Portero de sinvergüenzas”

Imagen referencia hecha con la IA

Por Johan Yate y Oscar Viña Pardo

A plena luz del día, muchos condenan las casas de citas. Hablan de ellas en voz baja, las señalan, cuestionan a quienes trabajan allí y prefieren creer que forman parte de una ciudad distinta a la suya. Sin embargo, muchos hombres conocen perfectamente el camino. Llegan a píe, en taxi, en moto o en carro; miran hacia los lados, se acercan a la puerta y hacen un gesto casi imperceptible.

Del otro lado alguien entiende la señal. La puerta que mantiene semi abierta es un vaivén infinito, al ingresar el juicio de la calle queda por un rato afuera. Gabriel García Márquez escribió en Memoria de mis putas tristes: “El sexo es el consuelo que le queda a uno cuando ya no alcanza el amor”. La frase parece encontrar escenario en algunas de las calles del centro de Ibagué.

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No es un fenómeno escondido en algún extremo de la ciudad. En menos de veinte cuadras del centro funcionan más de diez casas de citas. Cada una tiene su ambiente, sus precios, su música y su clientela. A una llegan hombres del campo; a otra, empleados, comerciantes o visitantes de paso.

Los clientes parecen establecer fronteras invisibles entre un lugar y otro. Las mujeres, en cambio, las atraviesan. Hoy pueden trabajar en una casa y días después aparecer algunas cuadras más abajo. Van y vienen. Cambian de puerta, de cantina, de habitación, de música y de clientes, pero casi siempre cargan consigo la misma necesidad: conseguir el dinero del día.

Carlos lo ha visto durante casi siete años

 

Así lo llamaremos porque por seguridad y petición del entrevistado no revelaremos su verdadero nombre ni identificamos el establecimiento donde trabaja. Su territorio tiene apenas unos metros: una puerta, una silla y el espacio suficiente para observar a quien pretende ingresar. Desde allí se convirtió, sin proponérselo, en una especie de cancerbero de un mundo que muchos conocen, pero pocos reconocen públicamente. No recuerda a todos por sus nombres. Los recuerda por sus maneras de entrar, por sus borracheras, por sus silencios, por las mujeres que buscan y, algunas veces, por los problemas que dejan, como lo describe Vargas Llosa en la Casa Verde.

 

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Antes fue taxista. También panadero. La vida lo llevó de un oficio a otro hasta terminar haciendo algunos turnos en este lugar. Al comienzo no era fijo: ayudaba en la barra, llevaba cosas de un lado para otro y hacía lo que apareciera. Después de la pandemia murió el hombre encargado de cuidar la puerta y le preguntaron si quería quedarse. Aceptó. Desde entonces, aquella entrada se convirtió en su oficina.

Su jornada comienza cuando buena parte de la ciudad está ocupada en asuntos aparentemente más respetables. Hace aseo, revisa algunas cosas, organiza y ocupa su lugar. Después empieza el desfile. Antes de permitir el ingreso observa a cada persona. No todo el mundo entra. Si alguien está demasiado borracho, drogado, en condiciones que puedan generar problemas o simplemente despierta desconfianza, Carlos cierra el paso. Dice que allí también existen reglas y que su trabajo consiste en hacerlas respetar.

 

Detrás de él comienza otro mundo. 

La luz disminuye. La calle desaparece y aparece una cantina con mesas y sillas que han escuchado conversaciones que jamás serán repetidas en una sala familiar. Suena música popular cuando alguien quiere acompañar el trago con despecho; otras veces piden música bailable y el lugar cambia de ánimo. Una canción puede servir para conquistar, para olvidar o simplemente para llenar el silencio incómodo entre dos desconocidos que saben perfectamente por qué están allí.

 

A lado de la barra están las habitaciones.

No hay romanticismo cinematográfico. Una pieza de unos cuatro por cuatro metros, poca luz, con olor a límpido, un colchón semidoble y un baño donde cuelga una toalla gastada bastan para construir el escenario. No hacen falta grandes decoraciones. Allí el tiempo tiene precio. Afuera espera nuevamente la cantina, la música, otra cerveza y quizá otra conversación. Dentro de esas cuatro paredes quedan palabras, olores, cansancios, mentiras, deseos y confesiones que nunca llegan hasta la calle.

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Y están ellas.

 

Carlos las conoce de tanto verlas pasar. Algunas permanecen meses; otras desaparecen y regresan. Unas establecen amistad con él y le cuentan fragmentos de sus vidas. Cuando se le pregunta qué ha aprendido después de tantos años viendo entrar y salir mujeres, repite una idea sencilla: “van y vienen, van y vienen”. No pretende adornar la respuesta. Para él hay una razón que explica buena parte de ese movimiento: la necesidad económica. “Por amor nada, ninguna viene acá”, dice.

Con los hombres la historia puede ser distinta.

 

Algunos llegan por sexo. Otros primero quieren beber, escuchar música o conversar. Algunos escogen una mujer y se marchan; otros vuelven buscando a la misma. Y sucede lo que aparentemente no debería suceder en un negocio donde casi todo tiene tarifa: hay hombres que terminan enamorándose. Regresan una vez, dos veces, diez veces. Preguntan por ella. Esperan. Confunden una caricia contratada con una promesa y una conversación con el comienzo de una historia. Carlos los ve regresar porque, como él mismo dice, aquello es una casa de placer, pero el ser humano no siempre sabe separar el cuerpo de los afectos.

 

En ese universo existe además un pequeño objeto que marca la diferencia entre entrar y salir: la ficha. El cliente paga, recibe el servicio y la mujer entrega la señal que confirma que la cuenta quedó saldada. Carlos vigila ese último trámite. En cierto modo, su oficio consiste en comprobar que quien atravesó la puerta buscando compañía, conversación, placer u olvido salga también con su particular paz y salvo.

La puerta es, entonces, mucho más que una entrada. Es una frontera.

 

Carlos ha aprendido a reconocer al que llega tranquilo y al que puede convertirse en problema. Ha visto borrachos, discusiones, insultos y peleas.

Recuerda a un hombre que quiso entrar cuando las condiciones del establecimiento no lo permitían y terminó empujándolo. Por un instante estuvo a punto de responder con un objeto en la mano, pero se contuvo. En otra ocasión un muchacho borracho se negó a marcharse. Hubo insultos, un golpe y una respuesta. Al día siguiente apareció un familiar del joven para hablar de lo sucedido. La historia terminó en disculpas. Para Carlos son episodios del oficio, casi tan normales como los problemas que pueden ocurrir en una tienda o en un bar.

 

Por eso, cuando alguien le pregunta a qué se dedica, responde con una frase que mezcla humor y experiencia: Portero de sinvergüenzas. Se ríe. No siente vergüenza.

Sabe perfectamente dónde trabaja y nunca ha considerado que esté haciéndole daño a alguien. Para él es un empleo. Punto. Quizá esa naturalidad sea posible porque después de tantos años aprendió algo indispensable: la vida que ocurre detrás de aquella puerta debe quedarse allí.

 

Cuando termina su jornada vuelve a casa. Es reiterativo al afirmar que una cosa es aquí y otra en la casa. Las llama sus dos oficinas: la oficina del trabajo y la oficina de la casa.

La frase podría parecer elemental, pero tal vez allí esté el secreto para permanecer siete años escuchando conversaciones ajenas sin llevarlas consigo. Carlos sabe quién entró borracho, quién volvió enamorado, quién discutió, quién llegó del campo, quién preguntó por determinada mujer y quién regresó después de jurar que nunca volvería. El portero termina conociendo a muchos hombres más por sus secretos que por sus nombres.

 

Mientras tanto, el negocio también envejece. Como pasó con Antonio, el anterior portero, ese que murió en tiempo de pandemia y que fuera parte del inventario de esa casa de citas, ya era más como ese abuelo querido que todas las muchachas recuerdan con mucho afecto. 

 

La casa donde trabaja tiene más de medio siglo. La mayoría de estos prostíbulos ya son mayores de edad, algunos tuvieron esa licencia gracias al ex alcalde de Ibagué Rubén Darío Rodríguez, quien en su primer mandato permitió que en la 17 y 18 entre las carreras Tercera y Segunda se oficializaron estos lugares, pensando siempre en los votos del mañana como lo recordó un comerciante de la época que se opuso a esta decisión local, por los daños y perjuicios que le trajo a la zona.

 

Donde trabaja algunas cosas se han modernizado. Un techo que antes era de paja  fue reemplazado por tejas de zinc, se han hecho arreglos, cambian detalles, pero la estructura esencial permanece. La casa sigue siendo la misma.  Las paredes pese a los temblores no se agrietan. La puerta vaivén si cambia de color cada año. Los “machos” siempre entran buscando algo que no siempre saben nombrar y mujeres trabajando para resolver necesidades que existen mucho más allá de aquellas habitaciones.

 

Afuera, entretanto, la ciudad sigue su curso. En esas menos de veinte cuadras del centro hay comercios, centros médicos, oficinas, vendedores ambulantes, bancos, oficinas estatales, restaurantes, buses, motos, iglesias y más de diez casas de citas. Miles de personas pasan frente a ellas sin detenerse. Algunos las condenan. Otros conocen los horarios. Algunos jamás han entrado. Otros probablemente reconocerían a Carlos con solo verlo sentado junto a la puerta.

 

Y las mujeres continúan moviéndose entre esos establecimientos. Una sale con su bolso y unas cuadras después entra a otra casa. Otra desaparece durante días. Otra regresa. Cambian los hombres, cambian las habitaciones, cambia la música, pero ellas siguen recorriendo esa pequeña geografía urbana que existe a plena luz del día y que, sin embargo, conserva algo de clandestino.

 

Carlos permanece en la puerta. A veces mira el celular. Otras veces barre, arregla algo o busca cualquier oficio para combatir el sueño. Observa. Saluda. Requisa. Decide. Abre. Cierra. Algún día tendrá que cerrar esa puerta por última vez.

 

Cuando Johan le pregunta qué extrañaría si el establecimiento desapareciera, no escoge una sola cosa. A todo pulmón dice: Todo, todo. Llega María, Martha, Lupita, todas quieren saber porque entrevistan a Carlos, lo abrazan, le dan aliento, son sus muchachas, las que cuida ,y se encariñan porque se sienten protegidas por el hombre de la puerta.

 

Retomamos la entrevista. Después de tantos años extrañaría a las personas, la rutina y el trabajo. Aunque también imagina otra vida. Le gustaría independizarse, montar algún pequeño negocio, quizá un bar, y dejar de vivir siempre de un salario. Sabe que la vida da vueltas. Ya fue panadero, taxista y portero. Mañana puede ser otra cosa.

 

Hasta entonces seguirá allí. Custodiando una puerta detrás de la cual los cuerpos tienen precio, las canciones se escogen para acompañar el momento y una habitación de cuatro por cuatro metros puede convertirse durante unos minutos en refugio para la soledad, el deseo, el despecho o la simple necesidad de tocar a otro ser humano.

 

Quizá por eso el verdadero protagonista de esta historia no sea el burdel. Ni siquiera Carlos. Es la puerta.

Porque a un lado está la ciudad que juzga y al otro la ciudad que desea. Carlos permanece exactamente en la mitad, viendo cómo algunos hombres dejan afuera la moral antes de entrar y vuelven a ponérsela cuando salen.

 

Y mañana, cuando nuevamente ocupe su silla, probablemente verá repetirse el ritual: alguien caminará por el centro, mirará discretamente hacia ambos lados y hará una pequeña señal. Carlos entenderá y lo dejará seguir hacia ese “bar de la mala crianza”, como lo llamaba Darío Ortiz Vidales en tantas tertulias de las que Oscar Viña fue testigo. 

 

Después volverá a su silla y esperará al siguiente, porque mientras la ciudad siga repartiendo culpas de día y buscando consuelos a escondidas, alguien tendrá que permanecer allí, cuidando esa puerta que no separa la calle del burdel, sino lo que somos de lo que fingimos ser, como está escrito en la Casa Verde de Vargas Llosa.

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