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La Cacharrería La Legal: el anaquel donde se venden recuerdos

La Cacharrería La Legal: el anaquel donde se venden recuerdos

Fotografía de Johan Yate

Por Oscar Viña Pardo, Johan Yate 


Aún los postes del alumbrado eléctrico del centro de Ibagué eran de madera. Muchas de las casas estaban construidas en bahareque, cubiertas con tejas de barro y alumbradas durante la noche por bombillos de luz mortecina cuya energía era suministrada por la planta de la familia Laserna. Era una ciudad pequeña, fría, de llovizna persistente, a la que alguna vez llamaron Cielo Roto.

En aquel Ibagué que comenzaba lentamente a transformarse apareció la Cacharrería La Legal. Su edificio, ubicado en la calle 14 entre carreras Segunda y Tercera, fue uno de los primeros del sector y habría sido construido hacia la década de 1950 por Manuel Antonio Ramírez Gómez, padre del recordado “Caregancho”, personaje ligado durante años a San Juan en los desfiles de las fiestas folclóricas de Ibagué.

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Al frente estaba el Almacén España, uno de los principales establecimientos dedicados a la venta de telas. Muy cerca quedaban vestigios de la antigua plaza de Chapinero. El comercio empezaba a ganar espacio mientras la ciudad pastoril trataba de crecer hacia nuevos sectores urbanos. Llegaban los primeros televisores en blanco y negro y el centro se convertía poco a poco en escenario de una actividad comercial cada vez más intensa.

Las cantinas de la plaza de mercado daban sus últimos suspiros. Sus clientes apuraban las copas mientras desaparecía parte de aquel viejo centro. Las ruanas y los sombreros todavía se resistían a pasar de moda y la plazoleta de Santa Librada constituía uno de los ejes del transporte. El Teatro Colombia era sitio de encuentro y concentración. Hoy, otros edificios y comercios ocupan aquellos espacios, pero en la memoria de muchos ibaguereños todavía sobrevive esa ciudad.

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Fue en ese contexto donde el comerciante Ernesto Ortiz estableció La Legal y la convirtió en uno de los referentes del comercio de variedades en Ibagué. Allí podía encontrarse desde un paño de agujas, cáñamo o azul de metileno hasta ollas, cazuelas, artículos de aluminio, juguetes, juegos de moda y toda clase de cachivaches que parecían imposibles de clasificar.

Don Ernesto atendía junto con sus hijos y su esposa, Aida, quien se encargaba de la caja. Más que un almacén especializado, La Legal comenzó a convertirse en el lugar al que se acudía cuando no se sabía exactamente dónde comprar algo.

Ese fue quizá uno de sus primeros grandes secretos: vender lo cotidiano, pero también lo inesperado.

Ernesto Ortiz entendió además que el comercio podía moverse al ritmo de las temporadas. En agosto, La Legal se llenaba de cometas, panderos y piolas de diferentes tamaños. En octubre aparecían los pocos disfraces que llegaban para Halloween y, en diciembre, cuando la normatividad de entonces lo permitía, era uno de los sitios frecuentados para comprar pólvora.

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Tras la muerte de don Ernesto, ocurrida años después en dolorosas circunstancias durante una cacería, su esposa Aida tomó las riendas del establecimiento. Tiempo después el negocio pasó a manos de sus actuales propietarios, pero hubo algo que permaneció intacto: el nombre.

Uno de nosotros recuerda, además, cómo a comienzos de los años ochenta La Legal decidió llevar parte de su mercancía hasta los barrios. Ollas, baldes y productos de limpieza comenzaron a recorrer las calles en carretillas empujadas por vendedores. Era una manera novedosa de hacer negocios en una ciudad que había crecido, pero que todavía conservaba muchas de las costumbres de un pueblo pequeño.

Por aquellos mismos años, otra familia construía, sin saberlo, su propio camino hacia La Legal. El padre y la madre de Marta Janeth Ávila Tafurt habían sido vendedores ambulantes y posteriormente tuvieron la Cacharrería La Rebaja, en el sector de la plaza de la 21. Cuando algún cliente buscaba allí un producto que no tenían, lo enviaban a La Legal.

Aquella recomendación cotidiana terminó siendo una especie de puente entre dos historias comerciales.

Con el tiempo, la familia de Marta recibió la oportunidad de continuar con La Legal. También asumió la responsabilidad de conservar su nombre y su legado. Marta lleva aproximadamente 34 años administrando el negocio y hoy, cuando reconstruimos su historia, entendemos que detrás de ese nombre existe también una paradoja: hacer empresa a lo legal nunca ha sido fácil.

Mucho menos para un comercio tradicional obligado a competir con mercancías traídas por contenedores, grandes superficies, almacenes de descuento y negocios capaces de ofrecer precios difíciles de igualar para el pequeño comerciante.

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La Legal tuvo que abandonar paulatinamente las ventas al por mayor y concentrarse en el detal. Donde alguna vez trabajaron doce personas, hoy quedan apenas unas pocas. Sin embargo, las puertas siguen abriéndose desde las ocho de la mañana, cuando buena parte del comercio del centro apenas despierta. También trabajan algunos domingos y festivos. A veces es el propio padre de Marta quien abre el negocio. Para esta familia, servir parece no entender de calendarios.

La prueba más dura llegó en marzo de 2020

Unas semanas antes de que la pandemia cambiara nuestras vidas habían descargado cerca de treinta cajas de cuadernos. Era febrero y nadie imaginaba que poco después los colegios cerrarían y las clases terminarían detrás de una pantalla. Las cajas quedaron prácticamente intactas, pero las facturas no conocían de cuarentenas. Había cerca de quince millones de pesos por pagar.

Marta llamó al proveedor, explicó que los cuadernos estaban sin desempacar y pidió que los recibieran nuevamente. La respuesta fue negativa. Había que pagar.

Y pagaron.

Durante cerca de un año fueron abonando aquella deuda mientras las cajas permanecían guardadas como un monumento involuntario a la incertidumbre. Algo parecido ocurrió con otros productos que terminaron deteriorándose. La pandemia no solamente cerró temporalmente una puerta: cambió para siempre el tamaño del negocio.

Pero Marta hizo algo que posiblemente ayuda a explicar por qué La Legal continúa viva. Se quedó.

Con restricciones de movilidad, horarios reducidos y las calles prácticamente vacías, abrió como pudo. Una ventana se convirtió en mostrador improvisado. Vendía alcohol, tapabocas y aquello que la gente necesitara. Hubo días en los que tuvo que moverse sola por los cinco pisos del edificio buscando mercancía. En una ocasión incluso se perdió entre las escaleras y tuvo que llamar a una compañera para preguntarle cómo regresar al primer piso, donde había dejado esperando a un cliente.

Hoy la escena puede provocar una sonrisa. En aquel momento no tenía nada de graciosa, era solo momentos de angustia.

También hubo discusiones con las autoridades por mantener parcialmente abierto el negocio. Marta insistía en que algunos de los productos que comercializaba eran necesarios. Mientras tanto, desde la finca llegaban bananos y aguacates que corrían el riesgo de pudrirse. Había que venderlos como fuera. Algunos salieron por doscientos o trescientos pesos.

No importaba ganar.

Importaba que no se perdieran.

Y, sobre todo, importaba seguir abiertos.

Tal vez esa sea la verdadera mercancía de La Legal: la persistencia.

Porque detrás de cada alfiler, cada anzuelo, cada trompo y cada caja guardada encontramos una familia que se niega a quedarse quieta. El padre de Marta tiene 85 años y todavía busca la manera de mantenerse activo. En tiempos de la pandemia las restricciones por edad le impidieron permanecer en el establecimiento. Entonces, encontró una alternativa: abrió un pequeño local. Unas pocas horas detrás de un mostrador son suficientes para sentirse útil. Compra mercancía, atiende clientes, va a la finca y regresa. No parece interesado en aprender el arte de la jubilación.

Marta tampoco.

Hoy tiene 61 años y está pensionada. Podría quedarse en casa. Incluso reconoce que arrendar el edificio podría resultar económicamente más cómodo que mantener funcionando la cacharrería. Pero aparece entonces una pregunta sencilla: ¿quedarse en la casa haciendo qué?

La respuesta está detrás del mostrador. Se parece tanto a su papá, dicen sus allegados.

Atender. Conversar. Buscar aquel objeto extraño que alguien lleva media mañana recorriendo el centro sin poder encontrar.

Y allí es donde nuestra historia se cruza con la de ellos.

El olor a naftalina nos recibe con la leve brisa. No necesitamos verla para regresar a la infancia. Basta ese aroma penetrante para volver a aquellas tardes en las que entrábamos a una cacharrería a comprar canicas, o bolas chinas, como también las llamábamos, y después salíamos corriendo a encontrarnos con los amigos de la cuadra.

No había celulares ni grupos de WhatsApp para acordar la cita. Sabíamos la hora y el lugar. Jugábamos hasta que desde alguna ventana aparecía el grito inevitable de nuestras madres:

  • ¡Para la casa!

Había que comer, hacer las tareas y dejar las canicas preparadas para el día siguiente.

Quizás por eso entrar hoy a la Cacharrería La Legal, en la calle bonita, tiene algo de viaje en el tiempo. Allí todavía encontramos objetos que creíamos extinguidos: trompos, yoyos, cocas, juegos de lotería, juguetes tradicionales, artículos de pesca, agujas, alfileres, ganchos, cristalería, piñatería, papelería y ferretería, y por supuesto, productos frescos de la finca, en especial los bocadillos o bananitos pequeños.

Todo convive en un universo donde parece cumplirse una vieja máxima del comercio popular: Si no lo encuentran en otra parte, pregunten en La Legal.

Marta lo resume sin adornos: “Aquí buscan de todo y todo lo encuentran”.

La Legal es una sobreviviente. En el centro de Ibagué quedan pocas cacharrerías tradicionales. Algunas desaparecieron y otras se desplazaron hacia sectores como El Jordán, Topacio, El Salado o el 20 de Julio. Llegaron nuevos competidores, grandes almacenes de descuento y tiendas de productos importados que transformaron la manera de comprar. Que entienden las nuevas dinamicas de ciudad.

Pero La Legal sigue allí.

En esa calle 14 que muchos ibaguereños todavía recuerdan como la Calle Bonita, resistiendo con el mismo argumento con el que ha enfrentado varias generaciones: tener lo que alguien necesita cuando lo necesita.

También escuchamos a quienes regresan después de veinte o treinta años y, apenas cruzan la puerta, exclaman:

  • ¡Uy, esto todavía existe!

Y entendemos la sorpresa. Hay negocios que aparecen durante tres meses, seis meses o un año y luego desaparecen. La Legal ha visto pasar generaciones completas. Padres que alguna vez compraron allí sus juguetes regresan buscando trompos, yoyos y loterías para sus hijos o sus nietos, intentando demostrarles que antes de deslizar un dedo sobre una pantalla también era posible pasar una tarde entera jugando.

Por eso nos preocupa descubrir que muchos jóvenes de 22 o 25 años ya no saben dónde queda La Legal. No porque sea obligatorio conocer una cacharrería, sino porque las ciudades también pierden memoria cuando desaparecen sus lugares cotidianos.

El café donde se encontraban nuestros abuelos, la tienda del barrio, el reparador tradicional, la panadería de siempre o aquella cacharrería donde sabíamos que podíamos encontrar lo imposible forman parte de una geografía sentimental que nunca aparece en los mapas oficiales.

El relevo generacional será seguramente el próximo desafío. Algunos integrantes de la familia tomaron otros caminos. Otros se cansaron. Pero una hija de Marta, contadora, se acerca al negocio, ayuda y parece disfrutar ese mundo de estantes interminables. Quizás allí exista una posibilidad para que la historia continúe.

Antes de salir volvemos a sentir el olor a naftalina.

Durante décadas fue casi imprescindible en muchas casas y fincas porque se utilizaba para proteger la ropa de la polilla. En el imaginario popular terminó sirviendo hasta para espantar cosas que probablemente ninguna fórmula química podría resolver, incluido, dicen algunos, el mal de amores.

Sonreímos.

Miramos alrededor y comprendemos que La Legal se parece un poco a esa naftalina que todavía guarda entre sus estantes: lleva décadas intentando que la polilla del tiempo no termine devorando nuestros recuerdos.

Afuera, Ibagué continúa corriendo.

Adentro todavía esperan las canicas, los trompos y los yoyos.

Y mientras alguien levante la puerta cada mañana y otro ibaguereño entre preguntando “¿será que aquí tienen esto?”, La Legal seguirá haciendo aquello que varias familias aprendieron durante décadas: servir.

Porque algunas empresas viven de vender. Otras sobreviven porque terminan haciendo parte de nuestra historia.

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