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La universidad no duerme: notificaciones, ansiedad y jóvenes siempre disponibles

La universidad no duerme: notificaciones, ansiedad y jóvenes siempre disponibles

Por Giovanni Ramírez Villamil*


Es pasada la medianoche. Una estudiante intenta terminar un trabajo que debe entregar al amanecer. Suena el celular: el grupo de la asignatura cambia una instrucción. Minutos después aparece el aviso de otra materia, el mensaje de un compañero que pide respuesta urgente y una notificación de la plataforma académica. Cuando por fin decide descansar, siente que algo quedó pendiente. En esa escena cotidiana comienza a dibujarse una forma de agotamiento que nuestras universidades todavía no terminan de comprender.

La vida universitaria se ha convertido en un territorio de disponibilidad casi permanente. El teléfono concentra bibliografía, horarios, evaluaciones, prácticas, oportunidades laborales y vínculos afectivos. Allí está buena parte de la experiencia académica, pero también una cadena de interrupciones que fragmenta la atención y prolonga las obligaciones más allá de los salones de clase. La sensación de tener que estar siempre conectado puede invadir incluso los momentos destinados al descanso.

Desde la salud mental, conviene mirar este fenómeno sin prejuicios. Una notificación no produce por sí sola un trastorno de ansiedad, y tampoco todo joven que revisa con frecuencia su celular presenta una condición clínica. Lo que merece atención es la acumulación: la expectativa constante de una respuesta, la dificultad para terminar una tarea sin interrupciones, el sueño que se posterga y el temor de quedar por fuera de una decisión académica o de una conversación importante.

En muchos hogares todavía se interpreta esta conducta como falta de disciplina. En algunas aulas se responde únicamente con prohibiciones. Ambas miradas dejan sin explorar una realidad más profunda: el universitario no vive aislado de las presiones económicas, familiares, laborales y académicas que llegan con él al campus. Hay jóvenes que estudian y trabajan, otros que viajan durante horas desde municipios vecinos y algunos que sostienen responsabilidades de cuidado. Para ellos, cada mensaje puede significar una exigencia adicional sobre un tiempo que ya es insuficiente.

He insistido en mis reflexiones sobre salud mental escolar en la necesidad de “quitarse la bata”: llevar la comprensión del bienestar emocional a los escenarios reales donde transcurre la vida. Ese principio también debe entrar a las universidades. La ansiedad no puede abordarse únicamente cuando el estudiante llega al consultorio o solicita aplazar un semestre. Las condiciones que favorecen el malestar deben reconocerse en la organización de las clases, las comunicaciones institucionales y los hábitos de convivencia digital.

Una universidad comprometida con el bienestar necesita revisar cómo comunica. No todas las tareas son urgentes; tampoco deberían serlo todos los mensajes. Establecer franjas razonables para anuncios académicos, evitar cambios de instrucciones a última hora, organizar canales oficiales y hacer explícitos los tiempos esperados de respuesta reduce incertidumbre y permite recuperar límites saludables. La tecnología debe facilitar el aprendizaje sin convertir cada hora del día en una extensión de la jornada académica.

Las familias, por su parte, tienen la oportunidad de acompañar sin invadir. Preguntar cómo duerme un hijo universitario, qué le preocupa de sus estudios o qué sucede cuando intenta desconectarse puede abrir conversaciones que un reproche cerraría de inmediato. Y los propios jóvenes pueden construir acuerdos posibles: silenciar grupos no urgentes durante el estudio, desactivar alertas prescindibles, proteger el horario de sueño y reservar espacios de encuentro sin pantallas.

Cuando aparecen insomnio persistente, angustia intensa, deterioro académico marcado o aislamiento, la respuesta requiere escucha oportuna y acceso a profesionales, con respeto por la autonomía y la confidencialidad del estudiante. El acompañamiento universitario debe enlazar bienestar, orientación, servicios de salud y redes de apoyo; entregar un número telefónico sin verificar si la persona consiguió atención deja incompleta la ruta de cuidado.

El desafío también es territorial. Una institución pública en una ciudad intermedia, una sede regional y una universidad metropolitana enfrentan realidades distintas de conectividad, transporte y servicios de apoyo. Por eso, las políticas de bienestar deben construirse con participación estudiantil, indicadores claros y soluciones ajustadas a la vida de cada comunidad. La salud mental no mejora por el número de campañas publicadas en redes, sino por las condiciones concretas que cambian después de escucharlas.

Quizá uno de los aprendizajes más urgentes para esta generación sea descubrir que su valor no depende de la velocidad con la que responde. Una universidad que forma profesionales también está llamada a formar personas capaces de detenerse, descansar y construir vínculos sin la presión de una pantalla encendida. En un mundo que reclama atención a cada instante, cuidar la salud mental de nuestros jóvenes comienza por devolverles la posibilidad de estar presentes en su propia vida.

*Psicólogo, autor en salud mental escolar, laboral y familiar; experto en política pública territorial.

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