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La ruta del café en Ibagué
Café ubicado en el centro comercial La Once, conocido tambien como plazoleta de la Beneficencia
Por Óscar Viña Pardo
Una ciudad sin cafeterías es una ciudad que no conversa. Y una cafetería sin historias es apenas un lugar con mesas vacías. Las ciudades se construyen también alrededor del café, de sus aromas y de esas conversaciones que se quedan flotando entre sorbo y sorbo.

En Buenos Aires, Argentina, por ejemplo, existe un templo llamado Café Tortoni, donde tuve la oportunidad de sentarme junto al escritor Carlos Orlando Pardo. Allí, entre vitrales y memoria, me habló de cómo Jorge Luis Borges se reunía con otros intelectuales a debatir sobre literatura, política y la vida misma. Entendí entonces que el café no es solo bebida: es excusa, es escenario, es ritual.

En La Habana, la historia también se sirve caliente. En la Bodeguita, uno puede imaginar a Ernest Hemingway escribiendo entre tragos y pensamientos, encontrando en el bullicio la inspiración necesaria. Su narrativa, cargada de vida y contradicciones, parece tener el mismo cuerpo que un buen café: fuerte, honesto, sin adornos innecesarios.

Y en Chile, el café toma otra forma. Los llamados “cafés con piernas” son una experiencia cultural distinta, donde el ritual del café se mezcla con la estética y la provocación. Recuerdo haber estado allí, con una taza que no destacaba por su sabor, pero sí por el entorno: un espectáculo visual que convertía el momento en algo más que una simple pausa. No era el mejor café, pero sí una historia que contar.
Volver a Ibagué es también volver a sus templos del tinto. Nombres como el recordado Xandú; el Nutibara, donde Roberto Ruiz se reunía con su combo, entre ellos Hugo Ruiz y el pintor Mario Lafont; El Grano de Oro, refugio del poeta Emilio Rico y sus conversaciones interminables; o el café París, escenario de las célebres tertulias de poesía de Hugo Caicedo, hacen parte viva de la memoria colectiva de la ciudad. Seguramente se me escapan muchos, y ahí está también la riqueza de esta historia, porque Ibagué ha tenido en sus cafés un archivo silencioso de encuentros.
Hoy, ese mapa se ha expandido. Nuevas propuestas entienden el café como experiencia: espacios donde el diseño, la atención y el origen del grano se entrelazan para ofrecer algo más que una bebida, convirtiendo cada taza en un relato contemporáneo que dialoga con esa tradición que aún respira entre nosotros.
En medio de ese recorrido me encontré con un defensor acérrimo de Sello Rojo, quien lo salvaguardaba con tal pasión que entendí, una vez más, que el gusto es profundamente personal. Otros prefieren Juan Valdez, Oma o Dunkin'. Más allá de preferencias, todos estos espacios cumplen una función vital: ser puntos de encuentro.
Porque el café también es eso: el lugar donde se retoma la conversación, donde se construye el “cuaderno social”, donde se debate, se cuestiona, se ríe. En tiempos donde la tecnología nos empuja al microtexto, mensajes cortos, emojis, respuestas inmediatas, las cafeterías siguen siendo refugios del contexto, de la palabra larga, de la mirada directa.
La lista que he construido contempla cerca de 30 espacios en la ciudad. Para empezar, elegí tres que representan distintos valores: tradición, permanencia y propuesta estética. No son los mejores, porque eso no existe, pero sí son una puerta de entrada a esta ruta que apenas comienza.
La tarea no será fácil. En algunos lugares hablaré con sus propietarios; en otros, con clientes habituales o personajes de ciudad. No se trata de publirreportajes, sino de conversaciones genuinas alrededor de la bebida que nos identifica como país: el café.
El Tolima, además, vive un momento importante. Sus cafés especiales ya figuran en escenarios nacionales e internacionales, gracias a la dedicación de caficultores que han entendido el valor de la calidad. Eventos como las ferias del café en distintos municipios demuestran que esta no es solo una apuesta productiva, sino también social: el café está transformando territorios.
Ibagué no es ajena a ese proceso. Sus condiciones geográficas y climáticas permiten producir cafés con perfiles únicos. Puede que una libra cueste un poco más que el café tradicional de supermercado, pero la experiencia lo justifica: beber un buen tinto, sin azúcar, es descubrir notas, matices y silencios que hablan.
No soy experto en café. Soy, más bien, un amante del buen tinto. Y como tal, me dejo llevar por sus aromas, por sus historias, por la gente que se sienta a compartirlo. Esta ruta apenas comienza, pero promete algo más que café: promete encuentros.
Porque al final, cada taza es una historia. Y cada historia, si se sabe escuchar, también deja un buen sabor.
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