Columnistas
¿Se agotó en Colombia la vía liberal?
Por: Alberto Santofimio Botero
*Exministro de Estado, Exsenador de la República
Leyendo cuidadosamente la obra del escritor y politólogo Italosuizo Giuliano da Empoli, cuando afirma con asombroso desparpajo que “hoy en día, la hora de los depredadores ha llegado, y en todas partes las cosas evolucionan de tal manera que todo lo que deba ser regulado lo será a sangre y fuego”. Subraya más adelante que “Hoy poseemos cantidades enormes de información y cada vez somos menos capaces de predecir el futuro. Nuestros antepasados vivían en sociedades muchas más escasas de datos, pero podían hacer planes para ellos mismos y para sus descendientes. Nosotros tenemos cada vez menos ideas del mundo en el que nos despertamos mañana por la mañana”.
Esta paradoja no es coyuntural, sino estructural. Dimana de la naturaleza misma de lo digital. Al reducir la realidad a una serie de 0 y de 1, la codificación numérica cumple con su implacable labor de homogenización y elimina todo aquello que no puede ser cuantificado. Mediante este proceso, el pasa de lo analógico a lo digital, elude el sentido profundo de las cosas y abre de par en par las puertas al caos. Y, agrega con rotundo énfasis que “esta es la razón por la que no tenemos futuro, al menos en el sentido en que nuestros abuelos tenían uno”. Y, frente al imperio en boga de la inteligencia artificial afirma el autor que esta también se nutre del caos, pero en cambio promete un nuevo orden. Una gobernanza racional de la sociedad, decisiones tomadas basándose en datos lo cual en teoría se parece al sueño de los tecnócratas. Solo hay un, pero. Para que el reinado de la IA llegue, es necesario sustituir el conocimiento por la fe”.
¿Será que, en esta época de estéril confrontación electoral y política, este asunto preocupa a la ridícula legión de auto candidatos de la inflada consulta a la presidencia de la Republica.? ¿En esta pintoresca pasarela de egos, trasnochadas ambiciones o audaces pretensiones de figuración y de poder hemos oído los colombianos si quiera una silaba de inquietud sobre estos temas esenciales que rompan la monótona repetición de lugares comunes y de baratijas de seducción electorera?-
Nuestra posición de liberales incorregibles nos lleva a buscar respuestas, lo mismo en Sartre que en Raymond Aron, Isaac Berlín, Hannah Arendt. Con franca inquietud e inagotable curiosidad tratamos de encontrar en la posición liberal universal fórmulas, ideas, soluciones, planteamientos, que a la intemperie nos permitan pensar con libertad y enfrentar con valentía la violencia, el totalitarismo, la violación de los derechos humanos, y defender con ardentía las ideas de tolerancia, diálogo y la defensa de la verdadera política desde la visión de PLATON y la forma como Kant nos enseñó a huir de la animadversión por la política, y, al contrario, enaltecerla con la fuerza de los principios tutelares de libertad, democracia, pluralismo, y paz. Puliendo siempre el espíritu liberal en la sabiduría de Maquiavelo y Montesquieu.
La ruptura con la tradición y con el pasado se justifica en el pensamiento liberal con abrir los horizontes de un mundo nuevo, de vivencias, instituciones y propuestas de redención social, igualdad y lucha contra la exclusión y la concentración de la riqueza en unas pocas manos. En síntesis, para abrir el camino a una democracia social o a una social democracia.
El liberalismo como acérrimo defensor y propulsor de la libertad, y como enemigo abierto a todas las formas de exclusión y de injusticia, ha sido históricamente en el mundo, y especialmente en Colombia, el propulsor de las grandes reformas, las indispensables transformaciones y el repudio a toda forma de opresión y de violencia.
Fue quizás Carlos Lozano y Lozano quien predico que el desenvolvimiento del genuino espíritu liberal era absolutamente compatible con el socialismo democrático como el escandinavo.
Por eso siempre, el liberalismo buscó el camino de la redención social y la emancipación de la miseria como lo afirmo Felipe Pérez “Ya que ser víctima del hambre es tan oprobioso como serlo de la barbarie ruin o del despotismo”- Por esta misma razón, la Republica Liberal desde 1930, buscó con audacia llevar a las instituciones los derechos esenciales de igualdad económica y de avanzada y real función social de la propiedad.
Vale la pena entonces recordar el pensamiento de Leibniz de que “el presente es hijo del pasado y padre del porvenir”, y recordar también el formidable precedente histórico de 1850, que abrió la era colombiana de indiscutible progresismo, que como lo he repetido en varios escritos con orgullo raizal fue Manuel Murillo Toro, nuestro ilustre coterráneo el impulsor y el verdadero ideólogo de esa gran transformación visionaria.
El pensamiento liberal, social y progresista de Murillo Toro fue consignado en nuestra constitución casi un siglo después cuando Darío Echandía, demostró en encendidas discusiones en el Congreso la equivalencia de la utilidad pública y la función social de la propiedad. No necesitaron entonces los constituyentes de 1936 copiar autores o escuelas extranjeras, sino que recurrieron a los propios pensadores colombianos.
Fue Rafael Uribe Uribe, el guerrero, pensador y mártir quien, anticipándose al devenir progresista de la humanidad, invitó a su partido a que abrevara en las canteras progresistas del socialismo pensando en la justa distribución de la riqueza y en el bienestar de sus conciudadanos, especialmente de los más débiles y los desposeídos. Las ideas de Uribe y Uribe se realizaron en muchas de las instituciones colombianas en el periodo de la Republica liberal e inclusive en algunos aspectos durante el Frente Nacional, en el tema agrario, por ejemplo.
Otro guerrero legendario el General Benjamín Herrera, realizó con un indudable acierto la Convención Nacional del Liberalismo, en Ibagué en 1922. De este estelar acontecimiento salieron las grandes iniciativas con las cuales el liberalismo se preparó ideológica y conceptualmente para ganar el poder y gobernar bajo la dirección de Alfonso López Pumarejo, Enrique Olaya Herrera, y Eduardo Santos.
Evocando profundos análisis en textos de Hayek, Popper e Isaiah Berlín, se llega a la conclusión que, frente al colectivismo y al estatismo, la democracia a través del espíritu liberal siempre busca una sociedad que responda a la plena vigencia de la libertad, la igualdad, sin exclusiones, y, a metas superiores de progreso social y prosperidad para las grandes mayorías.
Releyendo a Gregorio Marañón o a don José Ortega y Gasset, que enfrentaron los separatismos, los nacionalismos y los independentismos en la España del siglo anterior, se reafirma el fundamento que la alternativa liberal reaparece como una luz en medio de la profunda oscuridad que imponen el totalitarismo, la pobreza, la injusticia, la desigualdad, la exclusión, y la aberrante concentración de la riqueza. Así mismo, la evidente lección de Adam Smith, en su obra monumental “La riqueza de las naciones”, o recorrer de nuevo las paginas de Revel en “La Tentación Totalitaria” o “Como Terminan Las Democracias”, se demuestra gráficamente, otra vez, que la batalla contra el autoritarismo, toda forma de censura o desconocimiento de los derechos humanos, obliga, de manera ineludible, al retorno del péndulo a una solución liberal.
Repasando la historia del liberalismo colombiano desde su nacimiento, pasando por la huella de los radicales y de Murillo Toro, especialmente, llegando a la célebre conferencia en el Teatro Municipal de Bogotá, del general Uribe Uribe planteando una opción renovadora de su programa, sus propuestas y su doctrina, este espíritu liberal de acento social se prolongo hasta el advenimiento del formidable tramo histórico de la Revolución en Marcha, liderada por Alfonso López Pumarejo. fue esta su obra visionaria, progresista y redentora, ya reconocida con justicia por la historia.
En el régimen autoritario de Ospina Pérez, luego de la pérdida del poder por el liberalismo, a causa de la suicida división, la formidable fuerza popular de las ideas y el verbo de Jorge Eliécer Gaitán, con el antecedente de su estremecedor debate parlamentario sobre la masacre de las bananeras en 1-928, se demostró otra vez, la vía liberal que solo frustraron la violencia y la muerte.
Este espíritu liberal heredero de la no violencia de Gandhi se prolongó también en pensadores como Alejandro López, ilustre ingeniero quien en 1935, propendió por la vigencia de los principios tutelares de respeto a la libertad individual, de lucha contra los privilegios como caminos para sustentar en ese tiempo una democracia en orden, con paz política. Este hilo conductor vigente a plenitud durante los gobiernos de la Republica Liberal tiene luego un formidable hito histórico el 18 de enero de 1.947, cuando Jorge Eliecer Gaitán, reunió la convención Constituyente que sentó las bases de la modernidad progresista y reformista, en la plataforma y los estatutos de un gran partido popular mayoritario, y remozado en sus propuestas y en su ideología, demostrando así la adaptación dinámica de las ideas liberales para interpretar las circunstancia particulares de cada etapa histórica y la necesidad de asimilar los cambios a la evolución progresista de la sociedad. Todo enmarcado en el reformismo democrático esencial.
La intransigencia con la injusticia, el apego a la bandera de la libertad individual y colectiva ha mantenido a través del tiempo y de las circunstancias, aun las más adversas, la vigencia de la vía Liberal como alternativa política y fundamental solución de Estado. Al punto de que, aun para defender estos principios fundamentales, el liberalismo, llegó a sacrificar bajo el liderazgo de Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Darío Echandía y Julio César Turbay Ayala, su poder mayoritario en las corporaciones públicas y en el gobierno, con el pacto de la alternación de los dos grandes partidos en el poder para garantizar la superación de la violencia política, y la conquista de la reconciliación, la concordia y la paz.
Parejamente con su ardorosa lucha por los derechos humanos y las libertades, el liberalismo ha trabajado siempre por redistribuir la riqueza y el ingreso, pero lamentablemente en esa etapa del frente Nacional en la economía y en lo social, los resultados no fueron tan satisfactorios como lo que tuvo que ver con la política.
Precisamente, el Movimiento Revolucionario Liberal surgió en 1961, contra el pacto de la alternación y proponiendo en lo económico audaces reformas con la insignia de salud, educación, techo, tierra, y trabajo dándole con la oposición al Frente Nacional un aire fresco profundamente renovador y progresista al liberalismo.
En 1975, con el presidente López Michelsen propusimos la convocatoria de una asamblea constituyente para reformar tres aspectos fundamentales del estado colombiano, reforma a la justicia, al congreso y al régimen territorial. Lamentablemente esta iniciativa se frustro en el control de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.
Muchas de estas ideas planteadas desde el MRL, fueron acogidas tanto en la reforma constitucional de 1.968 en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo como en posteriores administraciones liberales como las de Julio Cesar Turbay Ayala y Virgilio Barco y, desde luego en el desarrollo del Mandato Claro del gobierno de nuestro jefe el Presidente Alfonso López Michelsen. Estas ideas se impusieron como derrotero liberal y progresista, pero a nuestro juicio, sin lograr los ambiciosos derroteros de partidos de gobierno con partidos de oposición para una democracia fortalecida en la economía y en lo político propendió por la vigencia de los principios tutelares de respeto a la libertad individual de lucha contra los privilegios, como caminos para sustentar una democracia en orden con paz política. Este hilo conductor vigente a plenitud durante los gobiernos del la Republica liberal, tiene un formidable hito histórico, el 18 de enero de 1.947, Jorge Eliécer Gaitán reunió la gran convención constituyente que sentó las bases de la modernidad progresista en la plataforma y los estatutos de un gran partido popular mayoritario y remozado en sus propuestas y en su ideología, demostrando así, la adaptación dinámica de la ideas liberales para interpretar las circunstancias particulares de cada etapa histórica y la necesidad de adaptar los cambios a la evolución progresista de la sociedad.
La intransigencia con la injusticia, el apego a la bandera de la libertad individual y colectiva ha mantenido a través del tiempo y de las circunstancias la vigencia liberal como alternativa política y solución de estado. En esta misma vía liberal de reformismo estructural se movieron el llamado movimiento de la Ceja, encabezado por Hernando Agudelo Villa, los documentos de la Sociedad Económica de amigos del País orientada por el expresidente Carlos Lleras Restrepo, el Instituto de Estudios Liberales dirigido por Hernando Gómez Buendía y María Elena de Crovo, al igual que Alternativa Popular con sus 33 propuestas al Congreso ideológico liberal de 1.988, y, en algunos temas coincidentes el Nuevo Liberalismo.
Quienes nos aferramos a estos precedentes históricos sentimos que la decadencia deplorable del partido liberal colombiano, ha alejado a las grandes masas de la militancia y decisión de los destinos colombianos.
Pese a su lamentable estado actual y a su equivocada conducción política como partido, las ideas y la solución liberal, estoy seguro prevalecerán por la salud de la democracia colombiana en el futuro.
Mas allá del enfrentamiento electoral y de las tendencias que muestran los sondeos de opinión, al final de este camino tortuoso cualquiera que sea el resultado definitivo de esta contienda, tendrá que reaparecer la vía liberal de reformismo estructural, para solucionar el conflicto contra la violencia, la corrupción, el narcotráfico, la inseguridad y la pauperización de grandes masas desposeídas.
Luego de 35 años de vigencia de la constitución de 1991, con un catalogo de derechos, especialmente el derecho a la paz, no traducido a la vida real de un país dolorosamente sumido en la descomposición de la guerra en vastas regiones, se impone una solución reformista por la vía liberal.
Por eso he sostenido siempre que Colombia, pero especialmente sus nuevas generaciones, tienen derecho, a opinar sobre el perfeccionamiento institucional y las indispensables reformas a la carta política.
Si la constitución de un país democrático no puede ser una simple hoja de papel, como lo pregono Fernando Lasalle, si no un estatuto de reconciliación, concordia, y entendimiento, y un alero común institucional para la búsqueda indispensable de la autentica paz, se requiere, después de la próxima elección presidencial, un gran acuerdo nacional para llegar a una asamblea Constituyente que se convoque y elija no como imposición de un sector contra otro, sino como el acuerdo de todos, para las impostergables reformas al régimen político, la administración de justicia y al todo poderoso presidencialismo, en aras de la genuina descentralización económica administrativa de las regiones.
Lo otro seria ahuyentar una solución liberal, pacifica e institucional para perseverar en el lenguaje, las actitudes y las decisiones de los extremos agregándole a los elementos de criminalidad apoderados de muchas regiones de Colombia el ingrediente de una barbarie política ilimitada entre ganadores y perdedores de la contienda presidencial. Nada sería más grave para el manejo del conflicto interno y de las relaciones internacionales, de la preservación de la soberanía que mantener el clima de exasperación, apasionamiento y virulencia que hoy se nota, y se sufre en todos los ámbitos de la vida nacional.
Tarde o temprano habrá de imponerse por soberana voluntad de la ciudadanía una solución civilizada y liberal que nos aleje definitivamente de la tentación totalitaria y de la noche violenta. Como bien lo dijo un día Carlos Gaviria: “La anomia que nos tiene postrados, reveladora y generadora de violencia, es precisamente la antítesis de la paz que anhelamos”.
Él como defensor de la constitución del 91, como catálogo de derechos y libertades y de límites al ejercicio del poder, entendió bien que esa constitución era un primer paso indispensable para perfeccionarlo, a través de nuevas reformas que solo deben hacerse por de la voluntad popular, preservando ante toda la libertad de elección , “Una que se da entre diferentes opciones que, cuando se dicen que son diferentes, es porque de verdad lo son, pero no en el sentido caprichoso de las simples preferencias que se toman o se dejan, sino porque implican diferentes modos de vida, y porque estos merecen la pena, como lo dijo Isaiah Berlín.
Muy contraria la posición de Carlos Gaviria a la de quienes consideran caprichosamente, como intocable e irreformable la actual Constitución política, pretendiendo negarle después de 35 años de su vigencia el derecho a las nuevas generaciones a opinar y decidir sobre una Carta Política que se acordó como fundamento de la posible paz estable y duradera, y el fin de la sangrienta guerra. Lo que hoy tenemos lamentablemente, es la proliferación de múltiples frentes de violencia, criminalidad y desafío a las instituciones y a la seguridad Nacional, y la evidente frustración del anhelo de la paz total.
Cuando los colombianos resuelvan, probablemente en la segunda vuelta, la continuidad del modelo del gobierno del presidente Petro, o la posibilidad de un aire nuevo de democracia con reformas estructurales, el horizonte podrá ser una lucha feroz entre vencedores y vencidos, o un acuerdo esencial de reconciliación, como el que hemos insinuado.
En esta coyuntura de la vida Nacional, recurrimos de nuevo a ese pensador y líder de la izquierda Carlos Gaviria Diaz, cuando afirmo que “el Marxismo es una filosofía dogmática ajena al espíritu liberal, de ahí que nuestra postura estará bien distante de ese posible camino para Colombia.
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